LA RESPONSABILIDAD DE LO QUE CALLAS
LA RESPONSABILIDAD DE LO QUE CALLAS
"Todos sabemos que las palabras tienen consecuencias. Pero hoy no vamos a hablar de las consecuencias de lo que decimos. Vamos a hablar de algo más incómodo: las consecuencias de lo que callamos. Porque hay silencios que dañan a la sociedad, silencios que hieren el alma y silencios por los que incluso tendremos que responder delante de Dios. Por eso examinaremos este tema desde tres perspectivas: la social, la psicológica y la bíblica."
Muchos predicadores se han acostumbrado tanto a
callar determinados asuntos que ya no perciben su silencio como una renuncia,
sino como una virtud. Han aprendido a adaptarse al molde de lo que se espera de
ellos y han confundido la aceptación del grupo con la fidelidad a la verdad. El
problema es que el silencio puede convertirse en un hábito. Al principio se
calla por miedo. Después por conveniencia. Más tarde por costumbre. Y
finalmente llega un momento en que la persona ha olvidado que está callando. Ya
no siente la presión externa porque la censura se ha instalado dentro de ella
misma.
Muchas veces pensamos que la
responsabilidad está solo en lo que hacemos o decimos. Sin embargo, una
parte importante de nuestra vida moral, emocional y espiritual está relacionada
con aquello que sabemos, vemos o comprendemos... y decidimos callar.
Todos sabemos que las palabras
tienen consecuencias. Pero hoy no vamos a hablar de las consecuencias de lo que
decimos. Vamos a hablar de algo más incómodo: las consecuencias de lo que
callamos. Porque hay silencios que dañan a la sociedad, silencios que
hieren el alma y silencios por los que incluso tendremos que responder delante
de Dios.
Por eso examinaremos este tema
desde tres perspectivas: la sociológica, la
psicológica y la bíblica.
Desde la perspectiva
sociológica porque nadie vive aislado. Nuestras decisiones afectan a otros, y
nuestro silencio puede convertirse en una fuerza que protege la verdad o que
permite que la mentira prospere. A veces una injusticia no se mantiene
solamente por la acción de quien la comete, sino también por la pasividad de
quienes la observan.
Desde la
perspectiva psicológica porque aquello que callamos no solo transforma el mundo
que nos rodea, sino también nuestro mundo interior. Hay verdades reprimidas,
heridas ocultas y convicciones silenciadas que terminan modelando nuestro
carácter, nuestras emociones y nuestra forma de vivir.
Y finalmente lo estudiaremos desde
la perspectiva bíblica porque la Escritura enseña que la responsabilidad humana
no termina en lo que hacemos. Dios también considera lo que dejamos de
hacer, lo que dejamos de decir y las advertencias que, pudiendo haber dado,
decidimos guardar por miedo, comodidad o conveniencia.
Una anécdota histórica
Una historia especialmente poderosa
es la de la Alemania nazi.
Tras la Segunda Guerra Mundial,
muchos ciudadanos afirmaron que no habían participado directamente en las
atrocidades del régimen. No habían construido los campos, no habían firmado las
órdenes ni habían ejecutado los crímenes. Sin embargo, surgió una pregunta
inquietante:
¿Qué responsabilidad tiene una
persona cuando ve señales evidentes del mal y decide mirar hacia otro lado?
El pastor luterano Martin
Niemöller, que inicialmente no se opuso al régimen nazi y más
tarde sufrió persecución, escribió unas palabras que han recorrido el mundo:
Primero vinieron por los
socialistas, y yo no hablé porque no era socialista.
Después vinieron por los
sindicalistas, y yo no hablé porque no era sindicalista.
Después vinieron por los
judíos, y yo no hablé porque no era judío.
Después vinieron por mí... y ya
no quedaba nadie que hablara por mí.
Más allá del contexto histórico
concreto, estas palabras contienen una verdad universal:
El silencio parece seguro mientras
el problema afecta a otros. Pero tarde o temprano descubrimos
que nuestro silencio también ha ayudado a construir el mundo en el que
tendremos que vivir.
Esta anécdota conecta perfectamente
con los tres ámbitos que quiero tratar:
- Sociológicamente, muestra cómo el silencio colectivo puede permitir que crezcan
enormes injusticias.
- Psicológicamente, revela los mecanismos de negación, miedo y conformismo que llevan a
las personas a callar.
- Bíblicamente, recuerda el principio del atalaya de Ezequiel
33: ver venir el peligro y no advertir tiene consecuencias.
Y a partir de ahí lanzaremos una
pregunta que atrapa a todos:
"Si hubiéramos vivido en
aquella época, ¿habríamos sido de los que hablaron
o de los que callaron? Y la pregunta aún más incómoda es: hoy, en
nuestra propia vida, ¿qué cosas sabemos, vemos o
comprendemos que quizá deberíamos decir y estamos callando?".
Cuando Lutero comenzó a cuestionar ciertas prácticas y doctrinas
relacionadas con las indulgencias, las presiones no fueron simplemente
intelectuales. Lo que se esperaba de él era, en esencia:
"Deja de hablar de esto."
No se le exigía inicialmente que demostrara que estaba equivocado,
sino que se retractara y guardara silencio.
El momento culminante llegó en la Dieta de Worms (1521), donde
se le pidió que retirara sus escritos. Según la tradición histórica, respondió:
"Mi conciencia está cautiva
de la Palabra de Dios... No puedo ni quiero retractarme de nada."
Más allá de la exactitud literal de cada frase transmitida por la
tradición, lo importante es el principio:
Lutero
entendió que callar una verdad que creía firmemente sustentada en las
Escrituras era una cuestión de conciencia.
Pensemos por un momento en Martín
Lutero. Cuando comenzó a cuestionar ciertas prácticas religiosas de su
tiempo, muchos de sus adversarios no necesitaban demostrar inmediatamente que
estaba equivocado. Bastaba con que dejara de hablar.
La presión no consistía únicamente
en refutar sus argumentos, sino en conseguir su silencio.
Pero Lutero llegó a la conclusión
de que había momentos en los que callar también es una decisión moral. Si una persona cree haber encontrado una verdad
importante y, por miedo a las consecuencias, decide ocultarla, no ha dejado de
actuar; ha actuado mediante su silencio.
Los detractores de Lutero no querían
discutir mas con él solo querían conseguir su silencio
Desde entonces, la historia ha
seguido planteando la misma pregunta generación tras generación:
¿Tenemos responsabilidad solamente
por las palabras que pronunciamos, o también por las verdades que conocemos y
decidimos no decir?
Hay un detalle cuando estudias la
vida de los profetas bíblicos, de Jeremías a Ezequiel, y después
observas casos como Lutero, encuentras un patrón repetido:
La oposición a la verdad rara vez
comienza intentando destruir al mensajero; normalmente comienza intentando
silenciarlo.
Y justamente por eso el tema de "La
responsabilidad de lo que callas" resulta tan actual y trascendente.
Porque a veces el mayor conflicto moral no es decidir qué decir, sino decidir
si vamos a decirlo.
El clavo que faltó
Un rey perdió una batalla
decisiva. Después de investigar qué había ocurrido, descubrieron una cadena de
acontecimientos:
Por falta de un clavo se perdió
una herradura.
Por falta de una herradura se
perdió un caballo.
Por falta de un caballo se
perdió un mensajero.
Por falta de un mensajero se
perdió una batalla.
Por falta de una batalla se
perdió un reino.
Muchas tragedias no ocurren porque alguien
hizo algo terrible.
Ocurren porque alguien dejó de hacer algo
pequeño que parecía insignificante.
Un aviso que no se dio.
Una corrección que no se hizo.
Una verdad que no se dijo.
Una advertencia que quedó atrapada en
el silencio.
Y al final, las consecuencias terminan
siendo mucho mayores de lo que cualquiera imaginaba.
La
responsabilidad de lo que callas
El ángulo social: cuando el silencio protege el problema
Vivimos rodeados de relaciones. Lo que
callamos no siempre nos afecta únicamente a nosotros.
- Un testigo que calla una injusticia afecta a una víctima.
- Un ciudadano que calla la corrupción fortalece el problema.
- Un amigo que calla una advertencia puede permitir una tragedia.
- Un pastor que calla una enseñanza necesaria puede dejar desprotegida a
una congregación.
Desde esta perspectiva, el silencio no es algo
privado. Tiene consecuencias colectivas.
La pregunta social es:
"¿Quién puede resultar perjudicado por mi
silencio?"
En la sociedad, el silencio no
siempre es neutral.
Hay momentos en los que callar
equivale a permitir que algo continúe ocurriendo. La injusticia, los abusos, la
corrupción o la mentira rara vez prosperan únicamente por la acción de quienes
los practican. A menudo también prosperan por la pasividad de quienes los
observan.
Martin Luther King expresó una idea
similar cuando afirmó que al final no recordaremos tanto las palabras de
nuestros enemigos como el silencio de nuestros amigos.
El problema social del silencio es
que:
- La mentira crece cuando nadie la contradice.
- El abuso se fortalece cuando nadie lo denuncia.
- El manipulador gana poder cuando los testigos
callan.
- La víctima se siente abandonada cuando nadie
habla por ella.
Esto no significa que debamos
opinar sobre todo. Hay silencios prudentes y necesarios. El problema
surge cuando el silencio nace del miedo, de la comodidad o del deseo de evitar
conflictos.
Desde una perspectiva social, el
silencio puede convertirse en una forma indirecta de participación.
La pregunta no es solamente:
"¿Qué hice?"
Sino también:
"¿Qué pude haber hecho y no
hice?"
El ángulo psicológico: lo que callas también te transforma
No solo hay consecuencias externas.
Muchas personas llevan cargas durante años porque
nunca expresaron:
- una herida,
- una verdad,
- una preocupación,
- una convicción,
- un desacuerdo.
Por eso el análisis psicológico pregunta:
"¿Qué efecto está produciendo este silencio
dentro de mí?"
A veces callamos para evitar un conflicto
momentáneo y terminamos creando un conflicto permanente en nuestro interior.
Psicológicamente, el silencio posee
un doble poder.
Hay silencios
que sanan
No todo debe decirse.
La madurez emocional consiste
muchas veces en no reaccionar impulsivamente.
Callar una ofensa. Callar una
provocación. Callar un comentario destructivo.
Puede ser señal de autocontrol.
Pero existe el otro extremo.
Hay silencios
que enferman
Cuando una persona guarda durante
años:
- dolor,
- culpa,
- miedo,
- resentimiento,
- trauma,
el silencio deja de ser una
protección y comienza a convertirse en una prisión.
Lo reprimido no desaparece.
Muchas veces vuelve convertido en:
- ansiedad,
- irritabilidad,
- depresión,
- somatizaciones,
- dificultades relacionales.
La psicología moderna suele señalar
que aquello que no se expresa de forma saludable
termina manifestándose de alguna otra manera.
Hay una frase atribuida a Carl Jung
que resume bien esta idea:
"Lo que niegas te somete; lo
que aceptas te transforma."
En este sentido, el silencio tiene
un coste psicológico.
No solo por lo que evita decirse,
sino porque termina moldeando la identidad de quien lo guarda.
El ángulo bíblico: Dios juzga tanto las palabras como los silencios
La Biblia amplía la cuestión aún más.
No solo pregunta:
"¿Qué hiciste?"
También pregunta:
"¿Qué dejaste de hacer?"
La perspectiva bíblica introduce una cuestión que ni la sociología
ni la psicología pueden responder completamente:
"¿Qué responsabilidad tengo delante de
Dios respecto a la verdad que conozco?"
Un maestro, un predicador, un padre, una madre o cualquier creyente
puede llegar a saber algo que considera verdadero y, sin embargo, callarlo por
miedo, conveniencia o presión.
La Biblia plantea que el conocimiento trae consigo responsabilidad.
La Biblia presenta una perspectiva
especialmente interesante.
No se limita a condenar las malas
acciones.
También habla de los pecados de
omisión.
Es decir, de aquello que debía
hacerse y no se hizo.
Santiago 4:17
"Y al que sabe hacer lo
bueno, y no lo hace, le es pecado."
Este texto es uno de los más
directos de toda la Escritura.
La culpabilidad no surge solamente
de hacer el mal.
También surge de negarse a hacer el
bien conocido.
Ezequiel y el
atalaya
Ezequiel
33:6:
"Pero
si el atalaya viere venir la espada y no tocare la trompeta, y el pueblo no se
apercibiere, y viniendo la espada, hiriere de él a alguno, éste fue tomado por
causa de su pecado; pero demandaré su sangre de mano del atalaya."
(RVR1960)
En Ezequiel
33, Dios presenta al profeta como un centinela.
Si el atalaya ve venir el peligro y
no avisa al pueblo, será responsable de las consecuencias.
La idea es clara:
La responsabilidad no depende
únicamente de lo que haces con tus manos, sino también de aquello que sabes y
decides no advertir.
Un predicador no está llamado a ser
polémico por gusto ni a herir innecesariamente. Sin embargo, si comienza a
omitir sistemáticamente verdades bíblicas por presión humana, miedo a perder
influencia, temor a las críticas o deseo de agradar a determinados grupos,
entonces aparece una tensión moral importante.
Pablo dijo a los ancianos de Éfeso:
Hechos 20:26-27 "Por tanto, yo os
protesto en el día de hoy, que estoy limpio de la sangre de todos; porque no he
rehuido anunciaros todo el consejo de Dios."
La expresión "no he rehuido" es muy reveladora. Sugiere que había motivos para echarse atrás. Había amenazas, pérdidas, críticas y sufrimientos que hacían atractivo el silencio.
¿Qué razones tenía Pablo para callar y no calló?
1. No calló por miedo a la persecución
En prácticamente cada ciudad
encontró oposición.
- Fue apedreado en Listra (Hechos 14).
- Fue encarcelado en Filipos (Hechos 16).
- Fue perseguido por grupos judíos y gentiles.
- Vivió bajo constantes amenazas.
Algunos
me dicen: "Pero hoy ya no hay judíos persiguiendo a los cristianos como en
tiempos de Pablo"... ¿Qué? Hay una doctrina judía que dice que Israel es
el pueblo de Dios y si tu predicas que el pueblo de Dios HOY es solo uno (LA
IGLESIA) pues prepárate para callarte o tendrás que pasar a otra congregación,
viviendo siempre bajo amenazas.
Pensemos,
por ejemplo, en cuestiones relacionadas con Israel, la escatología, el milenio
o cualquier otro tema que despierte fuertes pasiones teológicas. En algunos
contextos, basta con plantear una pregunta o proponer una interpretación
distinta para que aparezcan inmediatamente presiones destinadas a restaurar el
silencio.
Lo fácil habría sido suavizar el
mensaje para evitar problemas... hoy en día en nuestras Iglesias no hay judíos pero
si CREYENTES SIONISTAS que amenazan a quienes hablan de Israel en otros términos diferentes a los de ellos.
"Por lo cual también padezco esto; pero no me avergüenzo." (2
Timoteo 1:12)
Pablo no se dejó manipular por el
miedo.
2. No calló las doctrinas impopulares
Pablo hablaba del pecado humano,
del arrepentimiento, del juicio venidero y de la exclusividad de Cristo.
Cuando predicó delante de Félix:
"Disertando Pablo acerca
de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero, Félix se
espantó..." (Hechos 24:25).
Observa que Pablo no escogió temas
cómodos para agradar al gobernador.
Habló precisamente de aquello que
podía incomodarlo.
3. No calló por temor a perder aceptación religiosa
Antes de convertirse, Pablo gozaba
de prestigio dentro del judaísmo.
Seguir a Cristo significó perder
muchas de esas ventajas.
Por eso dirá:
"Cuantas cosas eran para
mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo." (Filipenses
3:7).
4. No calló cuando intentaron manipularlo
En Gálatas
1:10 escribe:
"Pues, ¿busco ahora el
favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si
todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo."
Aquí Pablo identifica uno de los
mayores peligros para quien enseña:
la presión de los hombres para
determinar el contenido del mensaje.
Es como si estuviera diciendo:
"El día que adapte el mensaje para conservar
la aprobación de la gente, dejaré de ser un siervo fiel."
Pablo renunció a tres silencios:
- Al silencio impuesto por el miedo.
- Al silencio comprado por la popularidad.
- Al silencio producido por la manipulación de quienes querían controlar
el mensaje.
La fidelidad a la verdad no
consiste únicamente en evitar decir mentiras; también consiste en negarse a
callar aquellas verdades que otros quisieran que ocultáramos.
Asimismo, Dios reprendió a los
pastores de Israel porque no advertían al pueblo de sus pecados:
"Sus atalayas son ciegos,
todos ellos ignorantes; todos ellos perros mudos, no pueden ladrar."
(Isaías 56:10)
La imagen es muy fuerte. Un perro
guardián que no ladra cuando llega el peligro deja de cumplir su función. Del
mismo modo, un atalaya que ve el peligro y calla abandona su responsabilidad.
Ahora bien, hay una diferencia
importante:
- No todo lo que pensamos debe decirse.
- No toda controversia merece un sermón.
- No toda opinión personal tiene la autoridad de la
Escritura.
Pero cuando un tema forma parte del
mensaje bíblico, el criterio no debería ser:
"¿A quién voy a
desagradar?"
Sino:
"¿Qué enseña realmente la
Palabra de Dios?"
"El predicador no será
juzgado solamente por los errores que enseñó, sino también por las verdades que
conoció y decidió ocultar para conservar la aprobación de los hombres."
Y esto conecta directamente con las
palabras de Pablo:
Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.
Proverbios y
el deber de hablar
Proverbios 31:8-9 Reina-Valera
1960
8 Abre
tu boca por el mudo
En
el juicio de todos los desvalidos.
9 Abre
tu boca, juzga con justicia,
Y
defiende la causa del pobre y del menesteroso.
Aquí
hablar no es una opción secundaria.
Es una obligación moral.
Jesús y el
silencio
Curiosamente, Jesús muestra dos
tipos de silencio.
Ante Herodes guardó silencio.
Ante los acusadores en muchas
ocasiones guardó silencio.
Pero jamás guardó silencio
cuando se trataba de denunciar la hipocresía religiosa, defender a los débiles
o proclamar la verdad del Reino.
Es decir:
El silencio de Cristo nunca fue
cobardía.
Fue discernimiento.
Sabía cuándo callar y sabía cuándo
hablar.
Muchas veces las personas no callan
porque no sepan qué decir. Callan porque existe un coste asociado a decirlo.
A veces no callamos porque la
verdad sea incierta. Callamos porque las consecuencias de decirla son demasiado
incómodas.
El miedo al rechazo puede ser un
poderoso censor.
La necesidad
de aprobación puede terminar controlando aquello que estamos dispuestos a decir
y aquello que preferimos ocultar.
Desde el punto de vista psicológico
esto se relaciona con el fenómeno de la conformidad social. Muchas personas terminan adaptando sus opiniones públicas
no porque hayan cambiado realmente de convicción, sino porque desean evitar el
conflicto o la desaprobación del grupo.
Y desde la perspectiva bíblica
encontramos numerosos ejemplos.
Los dirigentes judíos sabían que
Jesús había realizado señales extraordinarias, pero algunos no lo confesaban
públicamente:
"Porque amaban más la
gloria de los hombres que la gloria de Dios." (Juan 12:43)
Observa que el problema no era
intelectual.
No era falta de información.
Era el precio social que implicaba
hablar.
También Pablo advierte:
"Si todavía agradara a los
hombres, no sería siervo de Cristo." (Gálatas 1:10)
La cuestión de fondo es esta:
¿Quién determina lo que puedo
decir: mi conciencia o la presión del grupo?
Y para un predicador, maestro o
líder espiritual la pregunta se vuelve todavía más seria:
¿Estoy
callando porque he llegado a una conclusión bíblica diferente, o estoy callando
porque alguien me ha hecho sentir que decir la verdad me costará demasiado?
Hay silencios nacidos de la
prudencia, y esos son virtuosos.
Pero también existen silencios
nacidos del miedo, de la dependencia emocional o de la manipulación, y esos
pueden convertirse en una forma de renuncia a la verdad.
Renuncia al silencio manipulado
pero no renuncies a la verdad.
Porque cuando una persona consigue
controlar lo que otro se atreve a decir, ha comenzado a gobernar no solo sus
palabras, sino también su conciencia.
Esa idea conecta muy bien con los
profetas, con Lutero ante Worms, con los apóstoles cuando dijeron:
"Es necesario obedecer a
Dios antes que a los hombres." (Hechos 5:29)
En todos esos casos el conflicto
real no era teológico sino moral: ¿hablarán conforme a su convicción o
conforme a la presión que reciben para guardar silencio? Esa tensión sigue existiendo hoy en las familias, en las
iglesias, en la política, en las amistades y en cualquier comunidad humana.
Una
síntesis final
Socialmente, callar puede
convertirnos en cómplices.
Psicológicamente, callar puede
protegernos o destruirnos, dependiendo de aquello que ocultemos.
Bíblicamente, callar puede
convertirse en pecado cuando evitamos decir o hacer el bien que Dios nos ha
mostrado.
Por eso la verdadera pregunta no
es:
"¿Debo hablar o callar?"
Sino:
"¿Por qué estoy
callando?"
Porque el miedo calla.
La prudencia también calla.
La cobardía calla.
La sabiduría también calla.
El problema no es el silencio
en sí.
La cuestión es si ese silencio está
sirviendo a la verdad o la está escondiendo.
Podríamos resumir quizás todo el
tema en una sola frase:
"No toda palabra pronunciada
nos hace responsables, pero también somos responsables de aquellas palabras que
la verdad nos exigía decir y decidimos callar."
A veces una persona calla porque ha llegado a la conclusión de que
está equivocada.
Pero otras veces calla porque sabe que hablar tendrá un coste.
Y ese coste puede ser:
- perder popularidad,
- perder influencia,
- perder invitaciones para predicar,
- ser etiquetado,
- ser acusado de divisivo,
- o incluso sufrir presión directa para no tocar determinados temas.
Por
ejemplo, Martín Lutero no entró en conflicto porque hablara de temas
cómodos. El problema surgió porque habló de asuntos que muchos preferían que no
se cuestionaran. La presión principal fue: "retráctate" y deja de
insistir en ello.
De
forma similar, en muchas comunidades actuales la presión no siempre adopta la
forma de una prohibición explícita. A veces es más sutil:
·
"De eso mejor no hables."
·
"Ese tema divide."
·
"No estamos preparados para
esa conversación."
·
"Te vas a buscar
problemas."
·
"Vas a ofender a mucha
gente."
¿Estoy
callando porque todavía estoy estudiando el tema, o estoy callando porque temo
las consecuencias de hablar de él?
La censura
más eficaz no siempre consiste en prohibir hablar; a veces consiste en hacer
que el precio de hablar parezca demasiado alto.
Y esa idea conecta perfectamente con Ezequiel 33, con los profetas,
con los apóstoles en Hechos 5:29 y con la experiencia de muchos maestros y
predicadores a lo largo de la historia. El verdadero conflicto no suele ser si
alguien conoce una verdad, sino si está dispuesto a asumir el coste de
expresarla.
Juan 12:42-43
"Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa
de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Porque
amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios."
Observa la tragedia del texto.
No dice que les faltara información.
No dice que no estuvieran convencidos.
No dice que no vieran la verdad.
El problema era otro:
Habían identificado
algo que consideraban verdadero, pero el precio de reconocerlo públicamente les
parecía demasiado alto.
A lo largo de esta reflexión hemos visto que el silencio tiene
consecuencias sociales, psicológicas y espirituales.
Hemos visto que existen silencios prudentes y necesarios. Pero
también existen silencios nacidos del miedo.
Miedo a perder la aceptación.
Miedo a perder relaciones.
Miedo a perder un cargo.
Miedo a perder reputación.
Miedo a perder privilegios.
Miedo a perder aquello que
consideramos demasiado valioso para arriesgarlo.
Y es precisamente aquí donde el silencio deja de ser una simple
ausencia de palabras para convertirse en una decisión moral.
Los gobernantes mencionados por Juan no rechazaron la verdad porque
no la hubieran visto.
La rechazaron porque vieron otra
cosa que amaban más.
Su problema no fue intelectual.
Fue afectivo.
Había algo cuya pérdida temían
más que las consecuencias de callar.
Quizá por eso la pregunta final de esta charla no sea:
"¿Qué estoy diciendo?"
Sino:
"¿Qué
estoy callando?"
Y todavía más profundamente:
"¿Qué es
tan valioso para mí que me está convenciendo de guardar silencio?"
Porque detrás de muchos silencios no hay falta de conocimiento.
Hay miedo.
Hay dependencia.
Hay manipulación.
Hay necesidad de aprobación.
Hay temor a perder aquello que
hemos convertido en imprescindible.
Pero la Escritura nos recuerda una verdad incómoda:
Toda verdad
que sacrificamos para conservar el favor de los hombres acaba convirtiéndose en
una forma de esclavitud.
Y quizás algún día Dios no nos pregunte
únicamente por las palabras imprudentes que pronunciamos.
Quizás también nos pregunte por aquellas
palabras necesarias que nunca dijimos.
Por aquellas advertencias que nunca dimos.
Por aquellas convicciones que ocultamos.
Por aquellas verdades que enterramos para
proteger nuestra comodidad.
Porque no solamente existe una responsabilidad
por lo que hacemos.
También existe una responsabilidad por
aquello que sabíamos, comprendíamos y veíamos... pero decidimos callar... y ese
silencio nos hace culpables por omisión.
Es
la culpa que no nace de haber hecho algo malo, sino de haber dejado de hacer
aquello que debía hacerse.
La culpabilidad por silencio es la
responsabilidad moral que contraemos cuando, conociendo una verdad, percibiendo
un peligro o comprendiendo una obligación, decidimos callar para proteger algo
que tememos perder.
Lo interesante es que en este tipo
de culpa el pecado no está en la ignorancia.
La persona:
- sabía,
- comprendía,
- veía,
- discernía,
pero eligió el silencio.
Por eso Santiago 4:17 dice:
"Y al que sabe hacer lo bueno,
y no lo hace, le es pecado."
La culpabilidad nace precisamente
de la diferencia entre lo que sabemos y lo que hacemos.
La
culpabilidad de la indiferencia
"No me importa lo suficiente
como para actuar."
La
culpabilidad del miedo
"Sé que debería hablar, pero
temo las consecuencias."
La
culpabilidad de la comodidad
"Hablar alteraría demasiado mi
situación actual."
La
culpabilidad de la dependencia
"Necesito demasiado la
aprobación de ciertas personas para arriesgarme a contrariarlas."
La
culpabilidad de la manipulación consentida
"Permito que otros determinen qué verdades puedo decir y cuáles debo callar."
Porque llega un momento en que el
problema ya no es que alguien nos presione.
El problema es que terminamos
colaborando con esa presión.
"La
culpabilidad del silencio comienza cuando sacrificamos una verdad que conocemos
para conservar algo que valoramos más que esa verdad."
¿Qué era tan
valioso para aquellos gobernantes de Juan 12 que prefirieron callar antes que
confesar a Cristo?
La respuesta es sencilla:
Temían perder su posición más de lo que temían perder su
integridad.
Y eso sigue ocurriendo hoy.
Algunas personas callan para no perder una amistad.
Otras para no perder prestigio.
Otras para no perder un ministerio.
Otras para no perder una plataforma.
Otras para no perder la aceptación de un grupo.
Pero cuando el miedo a perder algo se vuelve más fuerte que el compromiso con la verdad, el silencio deja de ser prudencia y se convierte en esclavitud.
"No siempre somos culpables porque hablamos cuando no debíamos. A
veces somos culpables porque callamos cuando debíamos hablar. Y cuanto más
clara era la verdad, más profunda es la responsabilidad del silencio."
Hay predicadores que ya no necesitan que nadie les diga qué temas evitar.
Las amenazas, las críticas y las presiones del pasado han hecho su trabajo. Han
aprendido solos dónde están los límites. Y cuando eso ocurre, el silencio deja
de ser una imposición externa para convertirse en una prisión interior... y
ellos solitos se autoimponen la censura... afortunadamente el que les habla
aborrece toda manipulación que te lleva a la culpa por omisión el peor de todos
los silencios.

