LA NUEVA CREACIÓN: MAS ALLÁ DE LA NESHAMA
La
Nueva Creación: Más Allá de la Neshamá
Introducción:
La primera vez que la Biblia
menciona la neshamá
encontramos a Dios inclinándose sobre el hombre recién formado y soplando en su
nariz aliento de vida. Aquel acto convirtió el polvo en un ser viviente (Gn 2:7).
Génesis 2:7 Reina-Valera 1960
Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en su
nariz nishmat jayim (aliento de vida); y el hombre llegó a ser nefesh jayá (un ser viviente).
La neshamá
aparece así como el don divino que hace posible la existencia humana, pero
también, según el desarrollo posterior de las Escrituras, como aquello que
capacita al hombre para comprender y responder a Dios. No es casual que Job
afirme que «la neshamá del Omnipotente le hace
que entienda» (Job 32:8), vinculando el aliento divino con la
capacidad de discernimiento espiritual.
Sin embargo, al llegar al Nuevo
Testamento nos encontramos con un escenario sorprendente. Tras su resurrección,
Jesús se presenta ante sus discípulos y realiza un gesto que recuerda
deliberadamente a la creación de Adán: «sopló, y
les dijo: Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20:22). El paralelismo es
evidente. Así como el primer hombre recibió el soplo divino para vivir, ahora
los discípulos reciben el Espíritu Santo de labios del Cristo resucitado. Pero
existe una diferencia fundamental: Adán recibió vida; los discípulos reciben
al Espíritu Santo.
Todos los cristianos nos hemos
preguntado alguna vez
1-¿Que nos
falta además del conocimiento doctrinal?
Charles Parham: una búsqueda
del Pentecostés del libro de Hechos
A comienzos del siglo XX,
Charles Parham y sus estudiantes se preguntaron si la
experiencia descrita en Hechos podía ser una realidad presente para la Iglesia.
Estudiando el libro de los Hechos llegaron a la conclusión de que la promesa
del Espíritu Santo debía experimentarse de una manera práctica y transformadora.
Esa búsqueda fue uno de los detonantes del nacimiento del movimiento
pentecostal moderno.,
Parham estaba convencido de que
la Iglesia necesitaba algo más que conocimiento doctrinal. Necesitaba el mismo
poder espiritual que había impulsado a los primeros apóstoles.
Esta diferencia no representa una
ruptura, sino un avance en la historia de la redención. El primer soplo
introdujo al hombre en la creación antigua; el segundo soplo introduce al
creyente en la nueva creación. Por eso el apóstol Pablo establece un contraste
entre ambos cuando escribe: «El primer hombre,
Adán, fue hecho alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante» (1 Co
15:45).
El primer Adán recibe; el último
Adán comunica. El primero vive por el soplo de Dios; el segundo comunica la
vida del Espíritu de Dios.
William Seymour: de la promesa al avivamiento
William J. Seymour abrazó esta
visión y terminó liderando el Avivamiento de la Calle Azusa en Los Ángeles. Los
testimonios de quienes acudían a aquellas reuniones repetían una misma idea:
afirmaban haber pasado de una fe rutinaria a una experiencia viva y poderosa
con el Espíritu Santo. El avivamiento se convirtió en el principal catalizador
de la expansión mundial del pentecostalismo.
Para Seymour, la promesa de Hechos 1:8 significaba que el creyente podía
ser capacitado sobrenaturalmente para testificar de Cristo.
Esta conexión
se vuelve aún más significativa cuando recordamos que, según Lucas, el Señor
resucitado también «les abrió el entendimiento
para que comprendiesen las Escrituras» (Lc 24:45). El mismo Cristo
que sopla el Espíritu Santo es quien abre la mente de sus discípulos para
comprender la revelación divina. Aquí convergen dos ideas que ya estaban
insinuadas en el concepto hebreo de neshamá:
la vida y el entendimiento. Lo que en
Job aparecía como la capacidad otorgada por Dios para comprender, alcanza ahora
su máxima expresión en la obra del Espíritu Santo, quien no sólo da
entendimiento, sino que habita en el creyente y lo guía a toda verdad.
Smith Wigglesworth: "Yo creía que ya lo tenía todo"
Quizá uno de los testimonios
más interesantes sea el de Smith Wigglesworth.
Antes de su experiencia
pentecostal, Wigglesworth ya era un creyente consagrado y veía respuestas a la
oración. Sin embargo, él mismo escribió que al leer el libro de los Hechos
sentía que todavía faltaba algo en comparación con la experiencia de los apóstoles.
Posteriormente relató una experiencia que describió como el bautismo en el
Espíritu Santo y afirmó que desde entonces vivía con una conciencia nueva de la
presencia y del poder de Dios.
Su testimonio es
particularmente relevante para este estudio porque decía, en esencia:
"Yo sabía que pertenecía a
Cristo, pero anhelaba la plenitud del Pentecostés del libro de los
Hechos".
La pregunta que estos hombres plantearon
Todos ellos compartían una
inquietud común.
No preguntaban:
"¿Somos salvos?"
Tampoco preguntaban:
"¿Hemos sido perdonados?"
Preguntaban algo diferente:
2-¿Puede el
mismo Espíritu que levantó a Jesucristo de los muertos manifestar hoy su poder
en la vida de los creyentes?
Y creían haber encontrado la
respuesta en textos como:
"Pero recibiréis poder,
cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo" (Hch. 1:8).
y
"Si el Espíritu de aquel
que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros..." (Ro. 8:11).
Conclusión
La cuestión central de este
estudio no es si un creyente pertenece o no a Cristo. Romanos 8:9 responde claramente a eso.
La cuestión es si la Iglesia
está llamada a vivir únicamente con la realidad de la justificación o también
con la manifestación práctica del poder de la resurrección.
Los líderes pentecostales
respondieron que sí.
Afirmaron que existe una
diferencia entre poseer vida espiritual y caminar bajo la plenitud del Espíritu
Santo.
Por eso buscaron algo más que
la restauración de Adán.
Buscaron la vida del último
Adán.
Buscaron algo más que la neshamá.
Buscaron al Espíritu que resucitó a Jesucristo de
entre los muertos.
A la luz de estas conexiones, surge
una pregunta fascinante:
3-¿cómo se
relaciona la neshamá de Génesis con
el Espíritu Santo comunicado por Cristo?
4-¿Estamos
ante el mismo principio desarrollado en plenitud, o ante una realidad nueva
inaugurada por la resurrección?
Para responder a ello examinaremos
el significado de la neshamá
en las Escrituras y su proyección en la obra del último Adán, Jesucristo.
5-Pregunta:
Si la neshamá fue el aliento que dio
vida a Adán, ¿por qué Cristo sopló el Espíritu Santo y no simplemente otra neshamá?
Adán
recibe vida para existir; los discípulos reciben el Espíritu Santo para
participar de la nueva creación.
El
paralelismo es evidente. En ambos casos (Genesis
2:7 y Lucas 24:45) hay un soplo divino. Sin embargo, el resultado no
es exactamente el mismo. Adán recibe vida para existir; los discípulos reciben
el Espíritu Santo para participar de la nueva creación.
El
primer Adán fue receptor de vida. El último Adán se convirtió en comunicador de
vida.
LA
IGLESIA METODISTA BUSCANDO LA SANTIDAD ENCONTRÓ QUE LES FALTABA UNA SEGUNDA
EXPERIENCIA PENTECOSTAL
1. John
Wesley: la perfección cristiana o entera santificación
John Wesley no hablaba de
"bautismo pentecostal" en el sentido moderno. Sin embargo, enseñaba
que después de la conversión podía existir una obra más profunda de gracia.
Para Wesley había:
- Justificación.
- Nuevo nacimiento.
- Y posteriormente una experiencia de "entera
santificación" o "perfección en el amor".
Wesley describió su propia
experiencia de Aldersgate (1738) diciendo:
"Sentí mi corazón
extrañamente calentado."
No era simplemente una nueva
doctrina. Hablaba de una vivencia profunda de la presencia y del amor de Dios
que transformó su ministerio.
2. El
movimiento de santidad del siglo XIX
Los herederos metodistas fueron
más lejos.
Phoebe Palmer, una de las
figuras más influyentes del movimiento de santidad, enseñaba que un creyente
convertido podía buscar una experiencia posterior de consagración y plenitud
espiritual.
Para estos autores:
- La primera obra era la conversión.
- La segunda obra era la santificación completa.
Muchos de sus testimonios son
muy parecidos a lo que más tarde contarán los pentecostales.
Hablaban de:
- poder sobre el pecado,
- amor intenso hacia Dios,
- valor para testificar,
- una nueva libertad espiritual.
3. Del
metodismo al pentecostalismo
Ahí aparece la conexión con este
estudio.
Los primeros pentecostales no
surgieron de la nada.
Muchos procedían precisamente
del movimiento de santidad metodista.
Por ejemplo William J.
Seymour hablaba de:
1. Justificación.
2. Santificación.
3. Bautismo en el
Espíritu Santo.
Es decir, tomó el esquema
metodista de una experiencia posterior a la conversión y añadió una tercera
dimensión relacionada con Pentecostés.
6-Pregunta: ¿Existe alguna relación entre este soplo y
el entendimiento espiritual?
La neshamá
no sólo aparece asociada a la existencia física. También está relacionada con
la comprensión, el discernimiento y la capacidad de percibir la verdad Job 32:8.
Al llegar al Evangelio de Lucas 24:45 encontramos una
escena que parece desarrollar esta misma idea.
El Señor no se limita a enseñarles más información. Abre su
entendimiento para que puedan comprender aquello que antes estaba oculto a sus
ojos.
Así, la función que Job vinculaba a la neshamá alcanza una dimensión mayor en Cristo. El
entendimiento ya no depende solamente del aliento que hace vivir al hombre,
sino de la obra del Espíritu Santo que ilumina el corazón.
7-Pregunta:
¿Podemos decir entonces que la neshamá
anticipaba la obra del Espíritu Santo?
Con cautela, sí.
La neshamá
pertenece al ámbito de la vieja creación. Es el soplo divino que comunica vida
y hace posible el entendimiento humano.
El Espíritu Santo pertenece al
ámbito de la nueva creación. No sólo comunica vida, sino que habita en el
creyente, lo transforma y le revela las cosas de Dios.
Por eso Pablo afirma:
"Pero Dios nos las reveló
a nosotros por el Espíritu." (1 Co 2:10)
Y añade:
"El hombre natural no
percibe las cosas que son del Espíritu de Dios." (1 Co 2:14)
La neshamá
permite al hombre vivir y razonar; el Espíritu Santo le permite conocer
plenamente las cosas de Dios.
"Nuestro primer requisito es una revelación
divina... Necesitamos la apertura de los ojos de nuestro entendimiento para
saber que Dios mismo, por medio del Espíritu Santo, ha hecho morada en nuestros
corazones." Watchman Nee
Para Nee, la clave no era simplemente recibir
información bíblica, sino que el Espíritu Santo produjera una apertura interior
que transformara la Escritura en realidad vivida.
El testimonio de Watchman Nee:
cuando el Espíritu abre los ojos
El maestro chino Watchman Nee enseñó que la
verdadera obra del Espíritu Santo no consiste solamente en producir
manifestaciones visibles, sino en abrir los ojos espirituales del creyente para
que las verdades de Dios pasen de la mente al corazón. Según él, la necesidad
principal de la Iglesia es una "revelación divina" y una
"apertura del entendimiento" producida por el Espíritu Santo.
En esto encontramos un sorprendente paralelo con
la experiencia de los discípulos después de la resurrección. Cristo les abrió
el entendimiento para comprender las Escrituras (Lc. 24:45), y posteriormente
les mandó esperar la promesa del Padre para ser investidos de poder desde lo
alto (Lc. 24:49). El mismo Señor que abrió sus ojos espirituales fue quien los
condujo a la experiencia de Pentecostés.
Para Watchman Nee, el Espíritu Santo convierte
las verdades objetivas de Cristo en experiencias subjetivas del creyente. Lo
que sabemos por la Escritura llega a ser una realidad viva por revelación del
Espíritu.
Así, la nueva creación no consiste únicamente en
poseer la vida recibida por la neshamá, ni siquiera únicamente en
comprender intelectualmente las Escrituras. Consiste en que el Espíritu Santo
abra el entendimiento, habite en el creyente y haga real en él el poder de la
vida resucitada de Cristo.
Y hay una frase de Nee que enlaza de forma
extraordinaria con Romanos 8 y mi argumento principal:
"Porque Cristo fue exaltado, el Espíritu fue
derramado."
Esa idea conecta directamente:
- Génesis 2:7 → la neshamá da vida.
- Lucas 24:45 → Cristo abre el entendimiento.
- Juan 20:22 → Cristo sopla el Espíritu Santo.
- Hechos 2 → el Espíritu es derramado.
- Romanos 8:11 → el Espíritu comunica el poder de la resurrección.
8-Pregunta:
¿Qué nos enseña esto acerca de Cristo como el último Adán?
Nos enseña que Cristo no vino
simplemente a restaurar lo que Adán perdió.
Vino a llevar la obra de Dios mucho
más lejos.
El primer Adán recibió el soplo de
vida.
El último Adán comunica el
Espíritu Santo.
El primer Adán abrió la historia de
la creación.
El último Adán inaugura la
nueva creación.
El primer Adán fue hecho nefesh jayá.
El último Adán es llamado espíritu
vivificante.
Por eso el creyente no sólo
participa de la vida que recibió Adán en el principio, sino de una vida
superior que procede del Cristo resucitado. La historia bíblica comienza con
Dios soplando vida en un hombre de polvo y avanza hasta Cristo soplando el Espíritu
Santo sobre una nueva humanidad llamada a comprender las Escrituras, conocer a
Dios y participar de su vida eterna.
9-Pregunta:
Si Cristo sopla el Espíritu Santo, ¿qué relación existe entre el Espíritu de
Cristo y el Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos?
Esta pregunta nos lleva al corazón
de la nueva creación.
Pablo escribe:
"Mas vosotros no vivís
según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en
vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él." (Ro.
8:9)
Y añade inmediatamente:
"Y si Cristo está en
vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu
vive a causa de la justicia." (Ro. 8:10)
Y concluye:
"Y si el Espíritu de aquel
que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los
muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su
Espíritu que mora en vosotros." (Ro. 8:11)
Pablo parece hablar de tres
niveles:
1. Espíritu de
Cristo
"Si alguno no tiene el
Espíritu de Cristo, no es de él." (Ro 8:9)
Aquí la idea es pertenencia.
Cristo vive en nosotros.
2. Vida
producida por la justicia
"El espíritu vive a causa
de la justicia." (Ro 8:10)
Aquí aparece la regeneración y la
vida interior de la nueva creación.
3. Poder de
resurrección
"Si el Espíritu de aquel
que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros..." (Ro 8:11)
Aquí Pablo mira más allá.
Ya no está hablando sólo de
conversión.
Está hablando del mismo poder que
venció la muerte.
Por eso este versículo tiene una
intensidad especial.
La neshamá convirtió al barro en un
hombre viviente.
Cristo resucitado sopló el Espíritu Santo
sobre sus discípulos y abrió su entendimiento para comprender las Escrituras.
Pero la historia no terminó allí.
En Pentecostés descendió sobre ellos el mismo Espíritu que había
levantado a Jesucristo de entre los muertos, introduciéndolos
experimentalmente en la realidad de la nueva creación.
Por ello, la experiencia cristiana no consiste solamente en poseer
la vida de Adán restaurada, ni siquiera únicamente en tener a Cristo
interiormente, sino en participar del poder de la resurrección. El primer
hombre recibió nishmat jayim para
vivir; los discípulos recibieron el Espíritu del Resucitado para participar de
una vida que ya ha vencido a la muerte.
Y aquí está quizás la pregunta más profunda para el estudio:
10-¿Es
Romanos 8:11 la culminación de lo que comenzó en Génesis 2:7?
Porque si la neshamá dio vida al primer Adán, el
Espíritu que resucitó a Cristo promete finalmente vivificar también nuestros
cuerpos mortales y completar la nueva creación iniciada por el último Adán.
11-Pregunta:
Si hemos recibido a Cristo y pertenecemos a Él, ¿queda todavía algo por
experimentar?
Pablo afirma con claridad:
"Y si alguno no tiene el
Espíritu de Cristo, no es de él." (Ro. 8:9)
Por tanto, todo creyente verdadero
pertenece a Cristo. No estamos hablando de creyentes que carecen completamente
del Espíritu Santo.
Sin embargo, al leer el Nuevo
Testamento descubrimos que existe una diferencia entre recibir vida de Cristo y
ser revestidos de poder para cumplir la misión de Cristo.
Los propios discípulos son el
ejemplo más evidente.
Habían creído en Jesús.
Habían visto al Resucitado.
Habían recibido la apertura del entendimiento para comprender las
Escrituras (Lc. 24:45).
Habían escuchado el soplo del Señor
diciendo:
"Recibid el Espíritu
Santo." (Jn. 20:22)
Y, sin embargo, Jesús todavía les
dice:
"Quedaos vosotros en la
ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto."
(Lc. 24:49)
Esto resulta asombroso.
Si ya habían visto al Resucitado,
si ya habían recibido el soplo del Señor y si ya comprendían las Escrituras, ¿qué
era lo que aún les faltaba?
La respuesta parece encontrarse en
Pentecostés.
12-Pregunta:
¿Qué ocurrió en Pentecostés que no había ocurrido antes?
Jesús había prometido:
"Pero recibiréis poder,
cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis
testigos." (Hch. 1:8)
Obsérvese que el énfasis aquí no
está en la conversión.
No dice:
"Recibiréis
salvación."
No dice:
"Recibiréis perdón."
No dice:
"Seréis míos."
Todo eso ya era una realidad.
Ahora la promesa gira alrededor de
una palabra:
poder.
La palabra griega es dynamis.
Capacidad.
Fuerza.
Energía divina para cumplir una
misión imposible para las fuerzas humanas.
13-Pregunta:
¿Acaso no tenían ya vida espiritual?
Sí.
Pero tener vida no es lo mismo que
tener poder.
Adán poseía vida por la neshamá.
Los discípulos poseían vida
espiritual por su unión con Cristo.
Pero Pentecostés introduce una
dimensión nueva: la manifestación activa del
Espíritu para el servicio, el testimonio y la expansión del Reino.
Antes de Pentecostés los vemos
encerrados detrás de puertas cerradas por temor.
Después de Pentecostés encontramos
a Pedro proclamando públicamente a Cristo delante de multitudes.
La diferencia no es un cambio
de mensaje.
La diferencia es el poder del
Espíritu.
14-Pregunta:
¿Cómo conecta esto con Romanos 8:11?
Aquí llegamos al punto culminante.
"Y si el Espíritu de aquel
que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los
muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su
Espíritu que mora en vosotros."
Pablo ya no está hablando
simplemente de perdón.
Ya no está hablando solamente de
justificación.
Está hablando del mismo poder que
rompió las cadenas de la muerte.
El Espíritu que habitó en Cristo.
El Espíritu que levantó el cuerpo
de Cristo del sepulcro.
El Espíritu que transformó la
derrota en victoria.
Ese Espíritu es el que mora en los
creyentes.
Por eso la nueva creación va mucho
más allá de la neshamá.
La neshamá
convirtió el polvo en un hombre vivo.
Pero el Espíritu Santo transforma
hombres y mujeres débiles en testigos del Cristo resucitado.
Reflexión
final
Si Génesis
2:7 describe el nacimiento de la
primera creación, Pentecostés anuncia el nacimiento experimental de la nueva
creación.
La neshamá
dio vida al primer Adán.
El Espíritu Santo glorificado dio
poder a los discípulos del último Adán.
Por eso muchos creyentes a lo largo
de la historia han confesado que existe una diferencia entre simplemente
sobrevivir espiritualmente y vivir bajo el influjo del Espíritu que resucitó a
Cristo de los muertos.
La primera experiencia nos hace
hijos de Dios.
La segunda nos capacita para vivir,
servir, testificar, vencer el temor y manifestar la vida del Resucitado en
medio de un mundo que todavía permanece bajo la sombra de la muerte.
Ese es el gran movimiento de la
historia bíblica: del soplo que dio vida al barro, al Espíritu que comunica la
vida de la resurrección.
Epílogo: La
nueva creación, más allá de la neshamá
La historia de la humanidad comenzó
cuando Dios tomó polvo de la tierra y sopló en él nishmat
jayim, aliento de vida. Aquel soplo convirtió al barro en una nefesh
jayá, un ser viviente (Gn. 2:7).
El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, dotado de conciencia,
entendimiento y capacidad para relacionarse con su Creador. Sin embargo, la
caída alteró profundamente aquella condición. El hombre continuó viviendo
físicamente, pero quedó separado de la plenitud de la vida divina.
Desde entonces, la humanidad
conservó el anhelo de eternidad.
"Todo lo hizo hermoso en
su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Ec. 3:11).
Pero aunque permanecía el deseo de
Dios, el entendimiento quedó oscurecido y las facultades espirituales limitadas
por el pecado.
La neshamá
había dado vida al hombre, pero no podía revertir la caída. El ser humano
necesitaba algo más que el aliento de la creación: necesitaba la vida de la
nueva creación.
Por eso toda la historia bíblica
apunta hacia Cristo.
Los profetas anunciaron una obra
futura que apenas alcanzaban a comprender:
"Los profetas que
profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente
indagaron acerca de esta salvación... escudriñando qué persona y qué tiempo
indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos" (1 P. 1:10-11).
Ellos veían a lo lejos una gloria
que aún no había llegado. Veían al Mesías, veían los sufrimientos y
vislumbraban la gloria posterior, pero todavía no participaban de ella.
Esa gloria comenzó a manifestarse
cuando el Verbo se hizo carne, murió y resucitó de entre los muertos.
Entonces apareció el último Adán.
No para restaurar simplemente la
vida que había poseído el primero, sino para inaugurar una creación
completamente nueva.
El primer Adán recibió el
soplo.
Cristo resucitado es quien sopla.
El primer Adán recibió vida.
Cristo comunica vida.
El primer Adán fue hecho alma
viviente.
Cristo fue declarado espíritu
vivificante (1 Co. 15:45).
Por eso, después de resucitar, Jesús abrió el entendimiento de sus discípulos para que
comprendiesen las Escrituras (Lc.
24:45), y sopló sobre ellos diciendo:
"Recibid el Espíritu
Santo" (Jn. 20:22).
Sin embargo, la historia no terminó
allí.
Aquellos hombres ya conocían al
Resucitado. Ya habían comprendido las Escrituras. Ya pertenecían a Cristo.
Pero todavía debían esperar una
promesa:
"Quedaos vosotros en la
ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto"
(Lc. 24:49).
Y nuevamente:
"Pero recibiréis poder,
cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos"
(Hch. 1:8).
He aquí una verdad que la Iglesia
necesita recordar constantemente.
Muchos creyentes poseen la certeza
de la salvación, pero viven agotados.
Conocen el perdón, pero no la
plenitud.
Conocen la doctrina, pero no el
poder.
Conocen la justificación, pero
luchan continuamente contra el desaliento, el temor y la frustración.
No necesitan otro evangelio.
Necesitan la obra continua del
Espíritu Santo.
Jesús mismo enseñó:
"¿Cuánto más vuestro Padre
celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?" (Lc. 11:13).
No se trata simplemente de respirar
espiritualmente.
Se trata de vivir en la energía de
la nueva creación.
Se trata de experimentar aquello
que Pablo describe en Romanos:
"Y si el Espíritu de aquel
que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los
muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su
Espíritu que mora en vosotros" (Ro. 8:11).
El creyente no ha recibido
solamente un aliento de vida semejante al de Adán.
Ha recibido la promesa del Espíritu
que resucitó a Cristo.
El mismo poder que venció la tumba.
El mismo Espíritu que abrió los
ojos de los discípulos.
El mismo Espíritu que descendió en
Pentecostés.
El mismo Espíritu que transformó
pescadores temerosos en testigos capaces de trastornar el mundo.
Por eso la nueva creación va mucho más allá de la neshamá.
La neshamá convirtió el barro
en un hombre vivo.
El Espíritu Santo forma a Cristo en
nosotros.
La neshamá dio existencia.
El Espíritu Santo comunica
comunión.
La neshamá sostuvo la creación
antigua.
El Espíritu Santo anticipa la
resurrección futura.
Y mientras esperamos el día en que
recibamos el cuerpo glorificado semejante al de
Cristo (Fil. 3:21), no
hemos sido abandonados a nuestras propias fuerzas. Se nos ha dado el
Consolador, el Espíritu de la promesa, las arras de nuestra herencia y el poder
de la nueva creación.
La historia comenzó con Dios
soplando vida sobre el polvo.
La historia culminará con una
humanidad glorificada, conformada a la imagen del Hijo.
Y entre ambos acontecimientos
resuena una misma promesa:
"No con ejército, ni con
fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos" (Zac.
4:6).
La nueva creación no se sostiene
por capacidad humana.
Se sostiene por el Espíritu que
levantó a Jesucristo de entre los muertos.
Nee llegó a afirmar que el gran problema de muchos
cristianos no era la falta de doctrina ni siquiera la falta de sinceridad, sino
la ausencia de una revelación interior producida por el Espíritu
Santo. Por eso escribió:
"Necesitamos la apertura de los ojos de nuestro
entendimiento para saber que Dios mismo, por medio del Espíritu Santo, ha hecho
morada en nuestros corazones."
Esto recuerda inmediatamente a Lucas 24:45:
"Entonces les abrió el entendimiento, para que
comprendiesen las Escrituras."
Muchos hombres y mujeres de Dios llegaron a la misma conclusión que
los discípulos antes de Pentecostés. Amaban a Cristo, conocían las Escrituras y
estaban seguros de su salvación. Sin embargo, sentían que todavía les faltaba
algo.
John Wesley habló de un corazón
"extrañamente calentado".
Los líderes metodistas de
santidad hablaron de una "segunda bendición".
Watchman Nee habló de la
necesidad de que el Espíritu abriera los ojos del entendimiento.
Smith Wigglesworth habló de una
entrada práctica en la realidad del libro de los Hechos.
Todos utilizaban lenguajes distintos, pero
describían una misma hambre espiritual: no conformarse con una vida cristiana
limitada a la supervivencia espiritual.
Buscaban aquello de lo que Pablo habla en Romanos 8:11:
"El Espíritu de aquel que
levantó de los muertos a Jesús."
No buscaban simplemente más conocimiento.
No buscaban simplemente más emociones.
Buscaban el poder de la vida resucitada.
Porque la nueva creación no consiste solamente
en tener vida.
Consiste en que la vida del Cristo resucitado
se manifieste cada vez más en nosotros.
La neshamá convirtió
el barro en un hombre viviente.
Pero el Espíritu que levantó a Cristo de los
muertos está formando una humanidad nueva destinada a reflejar plenamente la
gloria del último Adán.


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