lunes, 28 de septiembre de 2026

LA NUEVA CREACIÓN: MAS ALLÁ DE LA NESHAMA

 

La Nueva Creación: Más Allá de la Neshamá



Introducción:

La primera vez que la Biblia menciona la neshamá encontramos a Dios inclinándose sobre el hombre recién formado y soplando en su nariz aliento de vida. Aquel acto convirtió el polvo en un ser viviente (Gn 2:7).

Génesis 2:7 Reina-Valera 1960

Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz nishmat jayim (aliento de vida); y el hombre llegó a ser nefesh jayá (un ser viviente).

La neshamá aparece así como el don divino que hace posible la existencia humana, pero también, según el desarrollo posterior de las Escrituras, como aquello que capacita al hombre para comprender y responder a Dios. No es casual que Job afirme que «la neshamá del Omnipotente le hace que entienda» (Job 32:8), vinculando el aliento divino con la capacidad de discernimiento espiritual.

Sin embargo, al llegar al Nuevo Testamento nos encontramos con un escenario sorprendente. Tras su resurrección, Jesús se presenta ante sus discípulos y realiza un gesto que recuerda deliberadamente a la creación de Adán: «sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20:22). El paralelismo es evidente. Así como el primer hombre recibió el soplo divino para vivir, ahora los discípulos reciben el Espíritu Santo de labios del Cristo resucitado. Pero existe una diferencia fundamental: Adán recibió vida; los discípulos reciben al Espíritu Santo.

Todos los cristianos nos hemos preguntado alguna vez

1-¿Que nos falta además del conocimiento doctrinal?

Charles Parham: una búsqueda del Pentecostés del libro de Hechos

A comienzos del siglo XX, Charles Parham y sus estudiantes se preguntaron si la experiencia descrita en Hechos podía ser una realidad presente para la Iglesia. Estudiando el libro de los Hechos llegaron a la conclusión de que la promesa del Espíritu Santo debía experimentarse de una manera práctica y transformadora. Esa búsqueda fue uno de los detonantes del nacimiento del movimiento pentecostal moderno.,

Parham estaba convencido de que la Iglesia necesitaba algo más que conocimiento doctrinal. Necesitaba el mismo poder espiritual que había impulsado a los primeros apóstoles.

 

Esta diferencia no representa una ruptura, sino un avance en la historia de la redención. El primer soplo introdujo al hombre en la creación antigua; el segundo soplo introduce al creyente en la nueva creación. Por eso el apóstol Pablo establece un contraste entre ambos cuando escribe: «El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante» (1 Co 15:45).

El primer Adán recibe; el último Adán comunica. El primero vive por el soplo de Dios; el segundo comunica la vida del Espíritu de Dios.

William Seymour: de la promesa al avivamiento

William J. Seymour abrazó esta visión y terminó liderando el Avivamiento de la Calle Azusa en Los Ángeles. Los testimonios de quienes acudían a aquellas reuniones repetían una misma idea: afirmaban haber pasado de una fe rutinaria a una experiencia viva y poderosa con el Espíritu Santo. El avivamiento se convirtió en el principal catalizador de la expansión mundial del pentecostalismo.

Para Seymour, la promesa de Hechos 1:8 significaba que el creyente podía ser capacitado sobrenaturalmente para testificar de Cristo.

 

Esta conexión se vuelve aún más significativa cuando recordamos que, según Lucas, el Señor resucitado también «les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras» (Lc 24:45). El mismo Cristo que sopla el Espíritu Santo es quien abre la mente de sus discípulos para comprender la revelación divina. Aquí convergen dos ideas que ya estaban insinuadas en el concepto hebreo de neshamá: la vida y el entendimiento. Lo que en Job aparecía como la capacidad otorgada por Dios para comprender, alcanza ahora su máxima expresión en la obra del Espíritu Santo, quien no sólo da entendimiento, sino que habita en el creyente y lo guía a toda verdad.

 

Smith Wigglesworth: "Yo creía que ya lo tenía todo"

Quizá uno de los testimonios más interesantes sea el de Smith Wigglesworth.

Antes de su experiencia pentecostal, Wigglesworth ya era un creyente consagrado y veía respuestas a la oración. Sin embargo, él mismo escribió que al leer el libro de los Hechos sentía que todavía faltaba algo en comparación con la experiencia de los apóstoles. Posteriormente relató una experiencia que describió como el bautismo en el Espíritu Santo y afirmó que desde entonces vivía con una conciencia nueva de la presencia y del poder de Dios.

Su testimonio es particularmente relevante para este estudio porque decía, en esencia:

"Yo sabía que pertenecía a Cristo, pero anhelaba la plenitud del Pentecostés del libro de los Hechos".

La pregunta que estos hombres plantearon

Todos ellos compartían una inquietud común.

No preguntaban:

"¿Somos salvos?"

Tampoco preguntaban:

"¿Hemos sido perdonados?"

Preguntaban algo diferente:

2-¿Puede el mismo Espíritu que levantó a Jesucristo de los muertos manifestar hoy su poder en la vida de los creyentes?

Y creían haber encontrado la respuesta en textos como:

"Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo" (Hch. 1:8).

y

"Si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros..." (Ro. 8:11).

Conclusión

La cuestión central de este estudio no es si un creyente pertenece o no a Cristo. Romanos 8:9 responde claramente a eso.

La cuestión es si la Iglesia está llamada a vivir únicamente con la realidad de la justificación o también con la manifestación práctica del poder de la resurrección.

Los líderes pentecostales respondieron que sí.

Afirmaron que existe una diferencia entre poseer vida espiritual y caminar bajo la plenitud del Espíritu Santo.

Por eso buscaron algo más que la restauración de Adán.

Buscaron la vida del último Adán.

Buscaron algo más que la neshamá.

Buscaron al Espíritu que resucitó a Jesucristo de entre los muertos.

A la luz de estas conexiones, surge una pregunta fascinante:

3-¿cómo se relaciona la neshamá de Génesis con el Espíritu Santo comunicado por Cristo?

4-¿Estamos ante el mismo principio desarrollado en plenitud, o ante una realidad nueva inaugurada por la resurrección?

Para responder a ello examinaremos el significado de la neshamá en las Escrituras y su proyección en la obra del último Adán, Jesucristo.

5-Pregunta: Si la neshamá fue el aliento que dio vida a Adán, ¿por qué Cristo sopló el Espíritu Santo y no simplemente otra neshamá?

 

Adán recibe vida para existir; los discípulos reciben el Espíritu Santo para participar de la nueva creación.

 

El paralelismo es evidente. En ambos casos (Genesis 2:7 y Lucas 24:45) hay un soplo divino. Sin embargo, el resultado no es exactamente el mismo. Adán recibe vida para existir; los discípulos reciben el Espíritu Santo para participar de la nueva creación.

 

El primer Adán fue receptor de vida. El último Adán se convirtió en comunicador de vida.

LA IGLESIA METODISTA BUSCANDO LA SANTIDAD ENCONTRÓ QUE LES FALTABA UNA SEGUNDA EXPERIENCIA PENTECOSTAL

1. John Wesley: la perfección cristiana o entera santificación

John Wesley no hablaba de "bautismo pentecostal" en el sentido moderno. Sin embargo, enseñaba que después de la conversión podía existir una obra más profunda de gracia.

Para Wesley había:

  • Justificación.
  • Nuevo nacimiento.
  • Y posteriormente una experiencia de "entera santificación" o "perfección en el amor".

Wesley describió su propia experiencia de Aldersgate (1738) diciendo:

"Sentí mi corazón extrañamente calentado."

No era simplemente una nueva doctrina. Hablaba de una vivencia profunda de la presencia y del amor de Dios que transformó su ministerio.

2. El movimiento de santidad del siglo XIX

Los herederos metodistas fueron más lejos.

Phoebe Palmer, una de las figuras más influyentes del movimiento de santidad, enseñaba que un creyente convertido podía buscar una experiencia posterior de consagración y plenitud espiritual.

Para estos autores:

  • La primera obra era la conversión.
  • La segunda obra era la santificación completa.

Muchos de sus testimonios son muy parecidos a lo que más tarde contarán los pentecostales.

Hablaban de:

  • poder sobre el pecado,
  • amor intenso hacia Dios,
  • valor para testificar,
  • una nueva libertad espiritual.

3. Del metodismo al pentecostalismo

Ahí aparece la conexión con este estudio.

Los primeros pentecostales no surgieron de la nada.

Muchos procedían precisamente del movimiento de santidad metodista.

Por ejemplo William J. Seymour hablaba de:

1.       Justificación.

2.       Santificación.

3.       Bautismo en el Espíritu Santo.

Es decir, tomó el esquema metodista de una experiencia posterior a la conversión y añadió una tercera dimensión relacionada con Pentecostés.

6-Pregunta: ¿Existe alguna relación entre este soplo y el entendimiento espiritual?

 

La neshamá no sólo aparece asociada a la existencia física. También está relacionada con la comprensión, el discernimiento y la capacidad de percibir la verdad Job 32:8.

Al llegar al Evangelio de Lucas 24:45 encontramos una escena que parece desarrollar esta misma idea.

El Señor no se limita a enseñarles más información. Abre su entendimiento para que puedan comprender aquello que antes estaba oculto a sus ojos.

Así, la función que Job vinculaba a la neshamá alcanza una dimensión mayor en Cristo. El entendimiento ya no depende solamente del aliento que hace vivir al hombre, sino de la obra del Espíritu Santo que ilumina el corazón.

7-Pregunta: ¿Podemos decir entonces que la neshamá anticipaba la obra del Espíritu Santo?

Con cautela, sí.

La neshamá pertenece al ámbito de la vieja creación. Es el soplo divino que comunica vida y hace posible el entendimiento humano.

El Espíritu Santo pertenece al ámbito de la nueva creación. No sólo comunica vida, sino que habita en el creyente, lo transforma y le revela las cosas de Dios.

Por eso Pablo afirma:

"Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu." (1 Co 2:10)

Y añade:

"El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios." (1 Co 2:14)

La neshamá permite al hombre vivir y razonar; el Espíritu Santo le permite conocer plenamente las cosas de Dios.

"Nuestro primer requisito es una revelación divina... Necesitamos la apertura de los ojos de nuestro entendimiento para saber que Dios mismo, por medio del Espíritu Santo, ha hecho morada en nuestros corazones." Watchman Nee

Para Nee, la clave no era simplemente recibir información bíblica, sino que el Espíritu Santo produjera una apertura interior que transformara la Escritura en realidad vivida.

El testimonio de Watchman Nee: cuando el Espíritu abre los ojos

El maestro chino Watchman Nee enseñó que la verdadera obra del Espíritu Santo no consiste solamente en producir manifestaciones visibles, sino en abrir los ojos espirituales del creyente para que las verdades de Dios pasen de la mente al corazón. Según él, la necesidad principal de la Iglesia es una "revelación divina" y una "apertura del entendimiento" producida por el Espíritu Santo.

En esto encontramos un sorprendente paralelo con la experiencia de los discípulos después de la resurrección. Cristo les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras (Lc. 24:45), y posteriormente les mandó esperar la promesa del Padre para ser investidos de poder desde lo alto (Lc. 24:49). El mismo Señor que abrió sus ojos espirituales fue quien los condujo a la experiencia de Pentecostés.

Para Watchman Nee, el Espíritu Santo convierte las verdades objetivas de Cristo en experiencias subjetivas del creyente. Lo que sabemos por la Escritura llega a ser una realidad viva por revelación del Espíritu.

Así, la nueva creación no consiste únicamente en poseer la vida recibida por la neshamá, ni siquiera únicamente en comprender intelectualmente las Escrituras. Consiste en que el Espíritu Santo abra el entendimiento, habite en el creyente y haga real en él el poder de la vida resucitada de Cristo.


Y hay una frase de Nee que enlaza de forma extraordinaria con Romanos 8 y mi argumento principal:

"Porque Cristo fue exaltado, el Espíritu fue derramado."

Esa idea conecta directamente:

  • Génesis 2:7 → la neshamá da vida.
  • Lucas 24:45 → Cristo abre el entendimiento.
  • Juan 20:22 → Cristo sopla el Espíritu Santo.
  • Hechos 2 → el Espíritu es derramado.
  • Romanos 8:11 → el Espíritu comunica el poder de la resurrección.

 

8-Pregunta: ¿Qué nos enseña esto acerca de Cristo como el último Adán?

Nos enseña que Cristo no vino simplemente a restaurar lo que Adán perdió.

Vino a llevar la obra de Dios mucho más lejos.

El primer Adán recibió el soplo de vida.

El último Adán comunica el Espíritu Santo.

El primer Adán abrió la historia de la creación.

El último Adán inaugura la nueva creación.

El primer Adán fue hecho nefesh jayá.

El último Adán es llamado espíritu vivificante.

Por eso el creyente no sólo participa de la vida que recibió Adán en el principio, sino de una vida superior que procede del Cristo resucitado. La historia bíblica comienza con Dios soplando vida en un hombre de polvo y avanza hasta Cristo soplando el Espíritu Santo sobre una nueva humanidad llamada a comprender las Escrituras, conocer a Dios y participar de su vida eterna.

9-Pregunta: Si Cristo sopla el Espíritu Santo, ¿qué relación existe entre el Espíritu de Cristo y el Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos?

Esta pregunta nos lleva al corazón de la nueva creación.

Pablo escribe:

"Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él." (Ro. 8:9)

Y añade inmediatamente:

"Y si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia." (Ro. 8:10)

Y concluye:

"Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros." (Ro. 8:11)

Pablo parece hablar de tres niveles:

1. Espíritu de Cristo

"Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él." (Ro 8:9)

Aquí la idea es pertenencia.

Cristo vive en nosotros.

2. Vida producida por la justicia

"El espíritu vive a causa de la justicia." (Ro 8:10)

Aquí aparece la regeneración y la vida interior de la nueva creación.

3. Poder de resurrección

"Si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros..." (Ro 8:11)

Aquí Pablo mira más allá.

Ya no está hablando sólo de conversión.

Está hablando del mismo poder que venció la muerte.

Por eso este versículo tiene una intensidad especial.

La neshamá convirtió al barro en un hombre viviente.

Cristo resucitado sopló el Espíritu Santo sobre sus discípulos y abrió su entendimiento para comprender las Escrituras.

Pero la historia no terminó allí.

En Pentecostés descendió sobre ellos el mismo Espíritu que había levantado a Jesucristo de entre los muertos, introduciéndolos experimentalmente en la realidad de la nueva creación.

Por ello, la experiencia cristiana no consiste solamente en poseer la vida de Adán restaurada, ni siquiera únicamente en tener a Cristo interiormente, sino en participar del poder de la resurrección. El primer hombre recibió nishmat jayim para vivir; los discípulos recibieron el Espíritu del Resucitado para participar de una vida que ya ha vencido a la muerte.

Y aquí está quizás la pregunta más profunda para el estudio:

10-¿Es Romanos 8:11 la culminación de lo que comenzó en Génesis 2:7?

Porque si la neshamá dio vida al primer Adán, el Espíritu que resucitó a Cristo promete finalmente vivificar también nuestros cuerpos mortales y completar la nueva creación iniciada por el último Adán.

11-Pregunta: Si hemos recibido a Cristo y pertenecemos a Él, ¿queda todavía algo por experimentar?

Pablo afirma con claridad:

"Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él." (Ro. 8:9)

Por tanto, todo creyente verdadero pertenece a Cristo. No estamos hablando de creyentes que carecen completamente del Espíritu Santo.

Sin embargo, al leer el Nuevo Testamento descubrimos que existe una diferencia entre recibir vida de Cristo y ser revestidos de poder para cumplir la misión de Cristo.

Los propios discípulos son el ejemplo más evidente.

Habían creído en Jesús.

Habían visto al Resucitado.

Habían recibido la apertura del entendimiento para comprender las Escrituras (Lc. 24:45).

Habían escuchado el soplo del Señor diciendo:

"Recibid el Espíritu Santo." (Jn. 20:22)

Y, sin embargo, Jesús todavía les dice:

"Quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto." (Lc. 24:49)

Esto resulta asombroso.

Si ya habían visto al Resucitado, si ya habían recibido el soplo del Señor y si ya comprendían las Escrituras, ¿qué era lo que aún les faltaba?

La respuesta parece encontrarse en Pentecostés.

12-Pregunta: ¿Qué ocurrió en Pentecostés que no había ocurrido antes?

Jesús había prometido:

"Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos." (Hch. 1:8)

Obsérvese que el énfasis aquí no está en la conversión.

No dice:

"Recibiréis salvación."

No dice:

"Recibiréis perdón."

No dice:

"Seréis míos."

Todo eso ya era una realidad.

Ahora la promesa gira alrededor de una palabra:

poder.

La palabra griega es dynamis.

Capacidad.

Fuerza.

Energía divina para cumplir una misión imposible para las fuerzas humanas.

13-Pregunta: ¿Acaso no tenían ya vida espiritual?

Sí.

Pero tener vida no es lo mismo que tener poder.

Adán poseía vida por la neshamá.

Los discípulos poseían vida espiritual por su unión con Cristo.

Pero Pentecostés introduce una dimensión nueva: la manifestación activa del Espíritu para el servicio, el testimonio y la expansión del Reino.

Antes de Pentecostés los vemos encerrados detrás de puertas cerradas por temor.

Después de Pentecostés encontramos a Pedro proclamando públicamente a Cristo delante de multitudes.

La diferencia no es un cambio de mensaje.

La diferencia es el poder del Espíritu.

14-Pregunta: ¿Cómo conecta esto con Romanos 8:11?

Aquí llegamos al punto culminante.

"Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros."

Pablo ya no está hablando simplemente de perdón.

Ya no está hablando solamente de justificación.

Está hablando del mismo poder que rompió las cadenas de la muerte.

El Espíritu que habitó en Cristo.

El Espíritu que levantó el cuerpo de Cristo del sepulcro.

El Espíritu que transformó la derrota en victoria.

Ese Espíritu es el que mora en los creyentes.

Por eso la nueva creación va mucho más allá de la neshamá.

La neshamá convirtió el polvo en un hombre vivo.

Pero el Espíritu Santo transforma hombres y mujeres débiles en testigos del Cristo resucitado.


Reflexión final

Si Génesis 2:7 describe el nacimiento de la primera creación, Pentecostés anuncia el nacimiento experimental de la nueva creación.

La neshamá dio vida al primer Adán.

El Espíritu Santo glorificado dio poder a los discípulos del último Adán.

Por eso muchos creyentes a lo largo de la historia han confesado que existe una diferencia entre simplemente sobrevivir espiritualmente y vivir bajo el influjo del Espíritu que resucitó a Cristo de los muertos.

La primera experiencia nos hace hijos de Dios.

La segunda nos capacita para vivir, servir, testificar, vencer el temor y manifestar la vida del Resucitado en medio de un mundo que todavía permanece bajo la sombra de la muerte.

Ese es el gran movimiento de la historia bíblica: del soplo que dio vida al barro, al Espíritu que comunica la vida de la resurrección.

Epílogo: La nueva creación, más allá de la neshamá

La historia de la humanidad comenzó cuando Dios tomó polvo de la tierra y sopló en él nishmat jayim, aliento de vida. Aquel soplo convirtió al barro en una nefesh jayá, un ser viviente (Gn. 2:7). El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, dotado de conciencia, entendimiento y capacidad para relacionarse con su Creador. Sin embargo, la caída alteró profundamente aquella condición. El hombre continuó viviendo físicamente, pero quedó separado de la plenitud de la vida divina.

Desde entonces, la humanidad conservó el anhelo de eternidad.

"Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Ec. 3:11).

Pero aunque permanecía el deseo de Dios, el entendimiento quedó oscurecido y las facultades espirituales limitadas por el pecado.

La neshamá había dado vida al hombre, pero no podía revertir la caída. El ser humano necesitaba algo más que el aliento de la creación: necesitaba la vida de la nueva creación.

Por eso toda la historia bíblica apunta hacia Cristo.

Los profetas anunciaron una obra futura que apenas alcanzaban a comprender:

"Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación... escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos" (1 P. 1:10-11).

Ellos veían a lo lejos una gloria que aún no había llegado. Veían al Mesías, veían los sufrimientos y vislumbraban la gloria posterior, pero todavía no participaban de ella.

Esa gloria comenzó a manifestarse cuando el Verbo se hizo carne, murió y resucitó de entre los muertos.

Entonces apareció el último Adán.

No para restaurar simplemente la vida que había poseído el primero, sino para inaugurar una creación completamente nueva.

El primer Adán recibió el soplo.

Cristo resucitado es quien sopla.

El primer Adán recibió vida.

Cristo comunica vida.

El primer Adán fue hecho alma viviente.

Cristo fue declarado espíritu vivificante (1 Co. 15:45).

Por eso, después de resucitar, Jesús abrió el entendimiento de sus discípulos para que comprendiesen las Escrituras (Lc. 24:45), y sopló sobre ellos diciendo:

"Recibid el Espíritu Santo" (Jn. 20:22).

Sin embargo, la historia no terminó allí.

Aquellos hombres ya conocían al Resucitado. Ya habían comprendido las Escrituras. Ya pertenecían a Cristo.

Pero todavía debían esperar una promesa:

"Quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto" (Lc. 24:49).

Y nuevamente:

"Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos" (Hch. 1:8).

He aquí una verdad que la Iglesia necesita recordar constantemente.

Muchos creyentes poseen la certeza de la salvación, pero viven agotados.

Conocen el perdón, pero no la plenitud.

Conocen la doctrina, pero no el poder.

Conocen la justificación, pero luchan continuamente contra el desaliento, el temor y la frustración.

No necesitan otro evangelio.

Necesitan la obra continua del Espíritu Santo.

Jesús mismo enseñó:

"¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?" (Lc. 11:13).

No se trata simplemente de respirar espiritualmente.

Se trata de vivir en la energía de la nueva creación.

Se trata de experimentar aquello que Pablo describe en Romanos:

"Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros" (Ro. 8:11).

El creyente no ha recibido solamente un aliento de vida semejante al de Adán.

Ha recibido la promesa del Espíritu que resucitó a Cristo.

El mismo poder que venció la tumba.

El mismo Espíritu que abrió los ojos de los discípulos.

El mismo Espíritu que descendió en Pentecostés.

El mismo Espíritu que transformó pescadores temerosos en testigos capaces de trastornar el mundo.

Por eso la nueva creación va mucho más allá de la neshamá.

La neshamá convirtió el barro en un hombre vivo.

El Espíritu Santo forma a Cristo en nosotros.

La neshamá dio existencia.

El Espíritu Santo comunica comunión.

La neshamá sostuvo la creación antigua.

El Espíritu Santo anticipa la resurrección futura.

Y mientras esperamos el día en que recibamos el cuerpo glorificado semejante al de Cristo (Fil. 3:21), no hemos sido abandonados a nuestras propias fuerzas. Se nos ha dado el Consolador, el Espíritu de la promesa, las arras de nuestra herencia y el poder de la nueva creación.

La historia comenzó con Dios soplando vida sobre el polvo.

La historia culminará con una humanidad glorificada, conformada a la imagen del Hijo.

Y entre ambos acontecimientos resuena una misma promesa:

"No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos" (Zac. 4:6).

La nueva creación no se sostiene por capacidad humana.

Se sostiene por el Espíritu que levantó a Jesucristo de entre los muertos.

Nee llegó a afirmar que el gran problema de muchos cristianos no era la falta de doctrina ni siquiera la falta de sinceridad, sino la ausencia de una revelación interior producida por el Espíritu Santo. Por eso escribió:

"Necesitamos la apertura de los ojos de nuestro entendimiento para saber que Dios mismo, por medio del Espíritu Santo, ha hecho morada en nuestros corazones."

Esto recuerda inmediatamente a Lucas 24:45:

"Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras."

Muchos hombres y mujeres de Dios llegaron a la misma conclusión que los discípulos antes de Pentecostés. Amaban a Cristo, conocían las Escrituras y estaban seguros de su salvación. Sin embargo, sentían que todavía les faltaba algo.

John Wesley habló de un corazón "extrañamente calentado".

Los líderes metodistas de santidad hablaron de una "segunda bendición".

Watchman Nee habló de la necesidad de que el Espíritu abriera los ojos del entendimiento.

Smith Wigglesworth habló de una entrada práctica en la realidad del libro de los Hechos.

Todos utilizaban lenguajes distintos, pero describían una misma hambre espiritual: no conformarse con una vida cristiana limitada a la supervivencia espiritual.

Buscaban aquello de lo que Pablo habla en Romanos 8:11:

"El Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús."

No buscaban simplemente más conocimiento.

No buscaban simplemente más emociones.

Buscaban el poder de la vida resucitada.

Porque la nueva creación no consiste solamente en tener vida.

Consiste en que la vida del Cristo resucitado se manifieste cada vez más en nosotros.

La neshamá convirtió el barro en un hombre viviente.

Pero el Espíritu que levantó a Cristo de los muertos está formando una humanidad nueva destinada a reflejar plenamente la gloria del último Adán.

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