EL MIEDO, EL DESEO Y EL PODER
EL MIEDO,
EL DESEO Y EL PODER
«Es dueño de ti quien tiene poder
sobre las cosas que deseas o temes.» Epicteto
El miedo nos amenaza con la pérdida.
El deseo nos ata a la posesión.
Y el poder gobierna desde aquello que no estamos dispuestos a perder o a renunciar.
Introducción
A primera vista solemos pensar que el poder
pertenece a quienes ocupan los tronos, gobiernan naciones, poseen riquezas o
ejercen autoridad sobre los demás. Sin embargo, tanto la filosofía como la
Biblia nos revelan una verdad más profunda: el poder más determinante no
siempre está en las manos de quien manda, sino en aquello que gobierna su
corazón.
Epicteto observó que el ser humano termina
sometido a aquello que más desea o más teme. Si un hombre teme perder su
prestigio, quien amenace ese prestigio tendrá poder sobre él. Si desea
desesperadamente una posición, una riqueza o una aprobación, aquello que anhela
se convertirá en su amo. El miedo y el deseo son fuerzas invisibles capaces de
conducir las decisiones de reyes, jueces y gobernantes tanto como las de
cualquier persona común.
Las Escrituras confirman repetidamente esta
realidad. Detrás de muchas de las grandes decisiones de la historia bíblica
encontramos una lucha silenciosa entre tres elementos inseparables: el
miedo, el deseo y el poder.
El miedo amenaza con arrebatarnos algo. El deseo
nos impulsa a aferrarnos a algo. Y el poder surge allí donde alguien controla
lo que tememos perder o lo que anhelamos obtener.
En este estudio contemplaremos tres escenas
extraordinarias:
- Saúl y David, donde
un rey se convierte en esclavo del miedo a perder su trono.
- Herodes y Juan el Bautista, donde
un gobernante sacrifica la justicia para conservar su reputación.
- Pilato y Jesús, donde
el representante del imperio más poderoso de la tierra descubre que no
posee tanta libertad como imaginaba.
En cada caso veremos que el verdadero drama no
ocurre en los palacios ni en los tribunales, sino en el interior del corazón
humano. Allí se libra la batalla entre el miedo y el deseo. Allí
se decide quién posee realmente el poder.
Y al final descubriremos una paradoja
sorprendente: los hombres que parecían más poderosos resultaron ser esclavos,
mientras que quienes parecían débiles y vulnerables fueron los verdaderamente
libres.
Porque la libertad no consiste en controlar a los
demás, sino en no ser controlado por aquello que tememos o deseamos. Y
esa es una lección tan estoica como profundamente bíblica.
1. Saúl y
David: cuando el rey se convirtió en esclavo de su trono
El relato de Saúl y David constituye una de las
ilustraciones más poderosas de la frase de Epicteto:
«Es dueño de ti quien tiene poder sobre las cosas
que deseas o temes.»
A medida que leemos 1 Samuel descubrimos
que el problema de Saúl no fue simplemente David. El verdadero problema estaba
en el corazón del rey. David solamente se convirtió en el espejo que reveló sus
miedos y sus deseos más profundos.
La tragedia de Saúl comenzó el día
en que permitió que el temor y la ambición gobernaran sus decisiones.
El miedo:
perder el reino
Después de la victoria de David sobre Goliat, el
pueblo comenzó a celebrar al joven guerrero. Entonces ocurrió algo
aparentemente insignificante, pero que desencadenó una crisis espiritual en
Saúl:
«Y cantaban las mujeres que
danzaban, y decían: Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles.
Y se enojó Saúl en gran manera, y
le desagradó este dicho, y dijo: A David dieron diez miles, y a mí miles; no le
falta más que el reino.»
(1 Samuel 18:7-8)
Observemos cómo funciona el miedo.
Las mujeres no estaban proclamando
un nuevo rey. David no estaba conspirando. Nadie había organizado una rebelión.
Pero Saúl ya no escucha lo que se dice; escucha
lo que teme.
El miedo tiene esa capacidad de interpretar la
realidad a través de la amenaza. Cuando una persona teme perder algo, comienza
a ver enemigos donde no los hay y conspiraciones donde sólo existen
circunstancias normales.
Por eso el texto añade:
«Y desde aquel día Saúl no miró con
buenos ojos a David.»
(1 Samuel 18:9)
El miedo comenzó a gobernar la
mirada del rey.
Todo lo que David hacía era
interpretado como una amenaza.
El deseo:
conservar el poder
Detrás del miedo siempre suele
esconderse un deseo.
Saúl temía perder el reino porque deseaba
conservarlo.
No era simplemente el deseo de servir como rey.
Era la necesidad de aferrarse a una posición que Dios ya había determinado
quitarle.
Años antes, Samuel le había anunciado:
«Jehová se ha buscado un varón
conforme a su corazón.»
(1 Samuel 13:14)
Y más adelante:
«Jehová ha rasgado hoy de ti el
reino de Israel, y lo ha dado a un prójimo tuyo mejor que tú.»
(1 Samuel 15:28)
Saúl conocía estas palabras.
Sabía que el problema no era David. Sabía que el
asunto estaba decidido por Dios.
Sin embargo, su
deseo de conservar la corona era más fuerte que su voluntad de aceptar la
decisión divina.
Aquí encontramos una lección importante:
No siempre somos esclavos de lo que
poseemos. Muchas veces somos esclavos de aquello que nos negamos a entregar.
Saúl no disfrutaba el reino. Lo
defendía desesperadamente.
La corona había dejado de ser una
responsabilidad para convertirse en una obsesión.
El poder:
David gobierna sin sentarse en el trono
La paradoja es extraordinaria.
Saúl seguía siendo rey.
Tenía ejército. Tenía palacio.
Tenía riqueza. Tenía autoridad legal.
David poseía exactamente lo contrario.
Era perseguido. Vivía escondido.
Huía de una cueva a otra.
Y sin embargo, ¿quién tenía el verdadero poder?
El texto revela que David llegó a tener un
inmenso poder sobre la conducta de Saúl, aunque nunca quiso ejercerlo.
Cada movimiento de David alteraba
al rey.
Cada victoria de David inquietaba
al rey.
Cada éxito de David atormentaba al
rey.
David ocupaba los pensamientos de
Saúl día y noche.
El perseguido terminó dominando emocionalmente al
perseguidor.
Esto es precisamente lo que describía Epicteto.
Saúl temía perder el reino.
Y David representaba esa amenaza.
Por tanto, David adquirió poder
sobre la mente del rey.
No porque lo buscara. No porque lo
deseara. Sino porque Saúl le concedió ese poder mediante su miedo.
La prueba
definitiva: la cueva de En-gadi
La historia alcanza su punto culminante en 1
Samuel 24.
Saúl entra en una cueva sin saber que David y sus
hombres están ocultos dentro.
Por primera vez las posiciones parecen
invertirse.
Ahora es David quien tiene poder físico sobre
Saúl.
Sus hombres le dicen:
«He aquí el día de que te dijo
Jehová: He aquí que entrego a tu enemigo en tu mano.»
(1 Samuel 24:4)
Pero David se niega.
Sólo corta un extremo del manto del rey.
Más tarde sale de la cueva y le muestra la
evidencia.
En ese momento ocurre algo revelador.
Saúl reconoce:
«Más justo eres tú que yo.»
(1 Samuel 24:17)
David demuestra poseer algo que Saúl había
perdido hacía tiempo: libertad interior.
Saúl no podía dejar de perseguir. David podía
dejar de matar.
Saúl era esclavo de su miedo. David
era señor de sus acciones.
Reflexión
Esta historia no trata únicamente sobre dos
hombres.
Describe una batalla que ocurre en cada corazón.
Cuando tememos perder algo, esa
cosa comienza a gobernarnos.
Cuando deseamos algo de manera
desordenada, terminamos sirviéndolo.
Y aquello que controla nuestros
miedos o nuestros deseos adquiere poder sobre nosotros.
Saúl perdió mucho antes de morir en Gilboa.
Perdió el día en que permitió que el miedo a
perder el reino fuera más importante que la obediencia a Dios.
David, en cambio, ganó mucho antes de sentarse en
el trono.
Ganó el día en que se negó a obtener el reino por
medio de la violencia y decidió esperar el tiempo de Dios.
Porque el hombre verdaderamente libre no es el
que posee más poder.
Es el que ya no está gobernado por sus miedos ni
por sus deseos.
2. Herodes
y Juan el Bautista: cuando el gobernante se convirtió en prisionero de su
reputación
La historia de
Herodes Antipas y Juan el Bautista es una de las escenas más trágicas de los
Evangelios. En ella encontramos a un hombre investido de autoridad política,
rodeado de riqueza y honores, pero incapaz de hacer lo que sabe que es
correcto.
Al leer
atentamente el relato descubrimos que Juan nunca intentó arrebatarle el poder a
Herodes. Ni organizó una rebelión, ni levantó un ejército, ni aspiró a
gobernar. Sin embargo, aquel profeta encerrado en una prisión terminó teniendo
más influencia sobre la conciencia del gobernante que todos los nobles reunidos
en su palacio.
Una vez más
encontramos la verdad expresada por Epicteto:
«Es dueño de ti quien tiene poder sobre las cosas que deseas o temes.»
La historia se
encuentra principalmente en Marcos 6:17-29.
El miedo: perder su reputación ante los hombres
La situación
se desencadena porque Juan denuncia públicamente el pecado de Herodes.
«Porque el
mismo Herodes había enviado y prendido a Juan, y le había encadenado en la
cárcel por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano; pues la había tomado
por mujer.
Porque Juan
decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano.»
(Marcos 6:17-18)
La voz de Juan se convirtió en un problema para el gobernante.
No porque
fuera violento.
No porque
estuviera conspirando.
Sino porque
decía la verdad.
Herodes podía
encadenar las manos del profeta, pero no podía silenciar su conciencia.
El relato
añade un detalle sorprendente:
«Porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón justo y santo.»
(Marcos 6:20)
Aquí aparece
el primer miedo.
Herodes temía
a Juan.
No en un
sentido militar o político.
Lo temía
porque reconocía su autoridad moral.
El rey sabía
quién tenía razón.
Sabía que Juan
era un hombre de Dios.
Sabía que su
conducta era injustificable.
Por eso la
mera presencia del profeta lo incomodaba.
Pero más
adelante emerge otro temor aún mayor.
Durante el
banquete de cumpleaños, después de realizar un juramento imprudente, la hija de
Herodías pide la cabeza de Juan el Bautista.
Entonces
ocurre algo revelador.
«El rey se entristeció mucho; pero a causa del juramento, y de los que
estaban con él a la mesa, no quiso desecharla.»
(Marcos 6:26)
Herodes no
quería matar a Juan.
Sin embargo,
temía algo más que la injusticia.
Temía quedar mal ante sus invitados.
Temía parecer débil.
Temía perder prestigio.
Temía la vergüenza pública.
Y cuando el
temor a la opinión de los hombres supera el temor de Dios, la conciencia queda
atrapada.
El deseo: conservar su imagen y satisfacer sus pasiones
Detrás del miedo encontramos nuevamente un deseo.
Herodes
deseaba conservar aquello que había construido alrededor de sí mismo.
Deseaba mantener su imagen.
Deseaba preservar su prestigio.
Deseaba seguir disfrutando de la relación ilícita que Juan denunciaba.
Deseaba seguir siendo admirado por quienes lo rodeaban.
La Escritura
muestra que Herodes experimentaba una extraña atracción hacia Juan.
«Y oyéndole, se quedaba muy perplejo; pero le escuchaba de buena gana.»
(Marcos 6:20)
Su conciencia
todavía estaba viva.
Había algo en
él que admiraba al profeta.
Algo que
reconocía la verdad.
Algo que
deseaba escuchar la voz de Dios.
Pero al mismo tiempo había otro deseo más fuerte.
No estaba dispuesto a renunciar a aquello que Juan le exigía abandonar.
Éste es el gran conflicto interior de Herodes.
Quería escuchar la verdad.
Pero no quería obedecerla.
Quería conservar la conciencia.
Pero también conservar el pecado.
Quería respetar a Juan.
Pero también agradar a Herodías.
Y cuando dos deseos opuestos gobiernan el corazón, tarde o temprano uno
termina sometiendo al otro.
El poder: Herodías y sus invitados gobiernan al gobernante
Exteriormente
Herodes parece el hombre más poderoso de la escena.
Él firma las órdenes.
Él controla las cárceles.
Él puede condenar o liberar.
Sin embargo, al llegar al desenlace descubrimos que el hombre poderoso no
es tan libre como aparenta.
¿Quién toma
realmente la decisión?
No Juan.
No Herodes.
La historia sugiere que son los miedos y deseos del gobernante los que
terminan dictando la sentencia.
Herodías comprendió perfectamente las debilidades de Herodes.
Sabía lo que deseaba.
Sabía lo que temía.
Y por eso consiguió conducirlo hacia la decisión que buscaba.
La escena es
profundamente irónica.
Un rey rodeado
de guardias no es capaz de decir "no".
Un hombre
encadenado en una celda no renuncia a la verdad.
Uno parece
libre y es esclavo.
El otro parece
esclavo y es libre.
Herodes tenía
autoridad legal.
Juan tenía
autoridad moral.
Herodes podía
controlar la prisión.
Juan podía
controlar su conciencia.
Y al final
descubrimos cuál de los dos poderes era mayor.
La paradoja de la prisión
La verdadera
prisión de esta historia no era la fortaleza de Maqueronte donde estaba
encerrado Juan.
La verdadera
prisión estaba en el corazón de Herodes.
Juan perdió su
cabeza.
Pero conservó
su integridad.
Herodes conservó su trono.
Pero perdió la batalla contra sí mismo.
El profeta
murió fiel a su mensaje.
El gobernante sobrevivió traicionando lo que sabía que era correcto.
Por eso, al
contemplar esta historia a la luz de la frase de Epicteto, comprendemos algo
inquietante:
Herodes no ejecutó a Juan porque fuera poderoso.
Ejecutó a Juan porque era débil.
Era débil ante la presión social.
Débil ante la opinión de los hombres.
Débil ante sus propios deseos.
Débil ante el temor de perder prestigio.
Reflexión
El relato nos
obliga a preguntarnos:
¿Qué cosas
tienen tanto valor para nosotros que llegaríamos a sacrificar la verdad para
conservarlas?
¿La aceptación de los demás?
¿La reputación?
¿La posición social?
¿El reconocimiento?
Todo aquello
que no estamos dispuestos a perder acaba convirtiéndose en nuestro amo.
Herodes ocupaba un trono, pero estaba gobernado por sus temores.
Juan estaba en
una prisión, pero gobernaba su propia alma.
Y una vez más
se confirma la paradoja que atraviesa toda la Escritura:
El hombre
verdaderamente poderoso no es aquel que puede imponer su voluntad a otros, sino
aquel que no necesita traicionar su conciencia para conservar lo que posee.
Porque quien
vence sus miedos y sus deseos alcanza una libertad que ningún rey puede otorgar
y que ninguna cárcel puede destruir.
3. Pilato y
Jesús: cuando el hombre más poderoso de Judea descubrió que no era libre
La tercera
escena nos conduce al amanecer de la Pascua. Allí comparecen frente a frente
dos hombres radicalmente distintos.
Por un lado
está Poncio Pilato, gobernador romano de Judea, representante del
imperio más poderoso del mundo.
Por otro lado
está Jesús de Nazaret, atado, golpeado, abandonado por muchos de sus
seguidores y entregado para ser juzgado.
A simple vista
no hay comparación posible.
Uno posee autoridad militar.
El otro es un
prisionero.
Uno puede absolver o condenar.
El otro espera
una sentencia.
Sin embargo,
conforme avanza el relato descubrimos una paradoja extraordinaria: el hombre
sentado en el tribunal parece esclavo, mientras que el hombre que comparece
ante él parece libre.
Una vez más la
frase de Epicteto atraviesa la
historia:
«Es dueño de ti quien tiene poder sobre las cosas que deseas o temes.»
Y pocas
escenas ilustran esta verdad con tanta claridad como el encuentro entre Pilato
y Jesús.
El miedo: perder su posición ante Roma
Desde el
principio Pilato percibe que Jesús no es un criminal peligroso.
Lucas
registra:
«Ningún delito hallo en este hombre.»
(Lucas 23:4)
Más adelante
vuelve a insistir:
«Nada digno de muerte ha hecho este hombre.»
(Lucas 23:15)
Y finalmente
declara otra vez:
«Ningún delito hallo en él.»
(Juan 19:6)
Pilato sabe que Jesús es inocente.
Su problema no es la falta de información.
Su problema es el miedo.
Al principio
intenta evitar la decisión.
Lo envía a
Herodes.
Luego intenta
castigarlo y soltarlo.
Después ofrece
intercambiarlo por Barrabás.
Cada maniobra
revela lo mismo: Pilato busca una salida.
Pero entonces
los líderes judíos encuentran el punto débil del gobernador.
«Si a éste sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a
César se opone.»
(Juan 19:12)
Aquí aparece el verdadero miedo.
No era temor a Jesús.
No era temor a una rebelión.
Era temor a César.
Temor a perder su cargo.
Temor a ser denunciado políticamente.
Temor a que una acusación llegara a Roma.
Temor a perder el puesto que tanto valor tenía para él.
Igual que Saúl temía perder el reino y Herodes la reputación, Pilato temía
perder su posición.
Su miedo tenía nombre.
Su miedo era el poder imperial.
El deseo: conservar su carrera y su seguridad
Todo miedo protege un deseo.
Pilato deseaba conservar aquello que había conseguido.
Había llegado a una posición privilegiada dentro del sistema romano.
Tenía autoridad.
Tenía prestigio.
Tenía influencia.
Tenía una carrera que proteger.
Por eso la
presión de los dirigentes judíos lo coloca en una encrucijada.
Por un lado
estaba la justicia.
Por otro lado
estaba su conveniencia personal.
La pregunta ya
no era si Jesús era inocente.
Pilato lo
sabía.
La pregunta
era qué estaba dispuesto a perder para actuar conforme a la verdad.
Y la respuesta
del relato es dolorosamente clara.
No estaba dispuesto a perder demasiado.
Deseaba conservar su tranquilidad.
Deseaba conservar su cargo.
Deseaba conservar su relación con el poder imperial.
Por eso terminó sacrificando la justicia para proteger sus intereses.
Qué diferente
resulta Jesús en esta escena.
Pilato intenta
comprenderlo cuando le pregunta:
«¿Eres tú el Rey de los judíos?»
(Juan 18:33)
Y más
adelante:
«¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que
tengo autoridad para soltarte?»
(Juan 19:10)
Pero Jesús
responde:
«Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba.»
(Juan 19:11)
Jesús no está
negociando.
No está
intentando salvarse.
No está
aferrándose a su vida.
No está
protegiendo intereses personales.
Su deseo
supremo es obedecer al Padre.
Y precisamente
por eso nadie puede manipularlo.
El poder: ¿quién gobierna realmente la escena?
A primera
vista Pilato posee todo el poder.
Tiene soldados.
Tiene autoridad legal.
Tiene capacidad para dictar sentencia.
Puede ordenar la crucifixión.
Puede firmar la liberación.
Pero la
narración deja entrever otra realidad.
Pilato controla el proceso judicial.
Los sacerdotes controlan los miedos de Pilato.
Y Jesús
controla la situación espiritual de todos ellos.
La multitud grita.
Los sacerdotes presionan.
Pilato vacila.
Jesús
permanece sereno.
Cuanto más avanza el juicio, más evidente resulta que el gobernador está
atrapado.
El miedo lo obliga a actuar contra su conciencia.
Su propio comportamiento lo demuestra.
Se lava las manos públicamente.
Intenta declararse inocente.
Busca desligarse de la decisión.
¿Por qué?
Porque sabe que está haciendo algo injusto.
Y sin embargo lo hace.
Ésa es la imagen perfecta de una persona dominada por sus temores.
Pilato tiene poder para condenar a Jesús.
Pero no tiene poder para gobernarse a sí mismo.
Jesús, en
cambio, no controla las circunstancias externas.
Pero sí
controla su respuesta ante ellas.
Por eso el
aparente acusado termina siendo el hombre más libre de toda la escena.
La paradoja del pretorio
Nunca hubo una
situación más paradójica.
Pilato está sentado en el tribunal.
Jesús está de
pie ante él.
Pero
moralmente las posiciones parecen invertirse.
El gobernador teme.
El acusado
permanece firme.
El gobernador oscila.
El acusado
permanece estable.
El gobernador se aferra a su cargo.
El acusado
entrega su vida.
Uno intenta salvar su posición.
El otro cumple
su misión.
Uno es prisionero de lo que teme perder.
El otro es
libre porque ya ha entregado todo en manos de Dios.
Por eso el verdadero centro de esta historia no es la autoridad romana.
Es la libertad
interior de Cristo.
Nada podían
quitarle porque ya se había entregado voluntariamente.
Nada podían
amenazar porque su obediencia era mayor que cualquier temor.
Reflexión
Si Saúl nos
enseña el peligro de temer perder el poder, y Herodes el peligro de temer
perder la reputación, Pilato nos enseña el peligro de temer perder la posición.
Muchos hombres
pueden resistir la oposición.
Pocos pueden
resistir la amenaza de perder aquello que han tardado años en construir.
Un ascenso.
Una carrera.
Una influencia.
Un reconocimiento.
Una seguridad.
Pilato cayó precisamente ahí.
Su conciencia reconoció la verdad.
Pero su deseo de conservar el puesto fue más fuerte que su compromiso con
ella.
Jesús, por el
contrario, revela el secreto de la verdadera libertad.
Quien ha
puesto su vida en las manos de Dios ya no puede ser esclavizado por aquello que
teme perder.
Y así, en el
momento más sorprendente de la historia, el gobernador romano aparece
encadenado a sus miedos, mientras el condenado a muerte camina hacia la cruz
con una libertad que ningún imperio podía quitarle.
Porque el
hombre más poderoso no es el que tiene autoridad sobre los demás.
Es el que ya
no está gobernado por el miedo ni por el deseo.
Y en el
pretorio de Jerusalén, el único hombre verdaderamente libre era Jesús.
Saúl, Herodes y Pilato: los tres parecían poderosos, pero fueron derrotados por aquello que
temían perder y por aquello que deseaban conservar. Jesús, Juan bautista y
David parecían vulnerables, pero eran libres porque ni el miedo ni el
deseo gobernaban su corazón.
