EL AMOR QUE TODO LO CREE
EL AMOR QUE TODO LO CREE
“Ser profundamente amado te da fuerzas, mientras que amar
profundamente a alguien te da coraje.” LAO TSE
En lo profundo del corazón humano hay dos
habitaciones. Una se llama la habitación
del reconocimiento. La otra, la
habitación del menosprecio.
En la primera,
se guardan las virtudes de tu cónyuge, amigo, amiga etc: su bondad, su esfuerzo, su ternura, sus talentos.
Son recuerdos que alguna vez te hicieron sonreír,
que te inspiraron respeto y gratitud. Allí el amor se fortalece, porque
medita en lo bueno.
Pero hay otra
habitación, más oscura, donde se almacenan las
heridas, las frustraciones y las decepciones. Allí se escriben reproches, se ensayan discusiones, se
acumulan municiones para la próxima pelea. Y cuanto
más tiempo pasas allí, más se enfría el corazón.
Ambas
habitaciones existen. Ambas contienen verdades. Pero el amor —el verdadero
amor— elige dónde habitar.
El amor no
niega las fallas, pero se niega a vivir en ellas. El amor cree lo mejor. El amor da el beneficio de la duda. El amor se rehúsa a llenar los vacíos con suposiciones negativas.
Y cuando los temores se confirman, el amor enfrenta… y sigue amando.
Hoy te invito
a tomar una decisión: Instálate en la habitación del reconocimiento.
Vuelve a mirar a tu cónyuge con ojos de gratitud. Redescubre lo que una vez te
enamoró. Y escribe en las paredes de tu corazón: “Cubierto por amor.”
Porque el amor
que todo lo cree no es ingenuo. Es valiente.
Es fiel. Y puede transformar tu matrimonio desde adentro.
En cada corazón hay un archivo invisible. Allí se
guardan los aprecios y los desprecios que acumulamos sobre las
personas más cercanas. Y en el matrimonio, ese archivo se actualiza cada día.
Los aprecios son como semillas de gratitud:
— “Es generoso.”
— “Tiene una mirada que me calma.”
— “Trabaja con
esmero.”
— “Me defendió
cuando nadie lo hizo.”
Los desprecios, en cambio, son como manchas que
se expanden:
— “Siempre piensa
en sí mismo.”
— “No me escucha.”
— “Me decepcionó
otra vez.”
— “Ya no me atrae.”
Ambos existen.
Ambos son reales. Pero el amor no los acumula al azar. El amor administra.
El amor
decide qué
recordar y qué soltar.
El amor elige dónde meditar y dónde pasar de largo.
El amor no niega las fallas, pero se niega a vivir en ellas.
Porque el amor
que “todo lo cree” no es ingenuo.
Es un amor que cree lo mejor
cuando todo invita a sospechar.
Es un amor que espera lo bueno
cuando todo parece estancado.
Es un amor que administra los aprecios como quien cuida un jardín:
— poda lo que
daña, — riega lo que florece, — y no deja que las malas hierbas ahoguen lo
esencial.
Jeremías 30:19 “Los
honraré y no serán menospreciados”
Hoy te invito
a mirar tu archivo interior. ¿Dónde estás invirtiendo tus pensamientos? ¿En
los desprecios que te enfrían? ¿O en los aprecios que pueden volver a encender
el amor?
Porque el amor
verdadero no es solo emoción. Es una decisión
diaria de qué guardar en el corazón.
1. Cómo se
forman los APRECIOS
Los aprecios nacen cuando vemos,
recordamos y meditamos en lo bueno del otro. La Biblia enseña que la mirada
del corazón tiene poder creador: lo que eliges pensar, crece.
A. Se forman
al fijar la mente en lo bueno
Filipenses 4:8
“Si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza,
en esto pensad.”
Pablo no dice “siéntelo”, sino piénsalo.
El aprecio es una decisión mental, no un impulso emocional.
B. Se forman
al reconocer la gracia de Dios en el otro
Efesios 4:7
“A cada uno de nosotros fue dada la gracia…”
Cada cónyuge tiene dones, talentos, rasgos que
vienen de Dios. El aprecio nace cuando los reconoces como gracia, no
como “obligación”.
C. Se forman
al recordar las obras buenas del otro
Hebreos 6:10
“Dios no es injusto para olvidar vuestra obra…”
Si Dios no olvida lo bueno, el amor tampoco. El
aprecio crece cuando recuerdas y agradeces.
D. Se forman
al hablar bien del otro
Proverbios 18:21
“La muerte y la vida están en poder de la
lengua.”
Lo que dices de tu cónyuge alimenta lo que
sientes por él. El aprecio se fortalece cuando tus palabras lo honran.
2. Cómo se
forman los DESPRECIOS
Los desprecios nacen cuando meditamos
en lo negativo, lo repetimos, lo exageramos o lo convertimos en identidad
del otro.
A. Se forman
al fijar la mente en lo malo
Proverbios 23:7 “Porque cuál es su
pensamiento en su corazón, tal es él.”
Si piensas continuamente en lo que te irrita, tu
corazón se vuelve duro. El desprecio es un pensamiento repetido hasta
convertirse en juicio.
B. Se forman
al dejar que la amargura eche raíces
Hebreos 12:15 “Mirad… que brotando
alguna raíz de amargura, os estorbe.”
La amargura comienza con una herida, pero crece
con rumiación. El desprecio es amargura organizada.
C. Se forman
al recordar las ofensas en lugar de cubrirlas
1 Corintios 13:5 “El amor no lleva
cuenta del mal.”
El desprecio aparece cuando llevamos “contabilidad emocional”. Cada ofensa
archivada se convierte en un ladrillo en la pared del menosprecio.
D. Se forman
al hablar mal del cónyuge
Proverbios 12:18 “Hay hombres cuyas
palabras son como golpes de espada…”
Lo que repetimos con la boca se fija en el
corazón. El desprecio se fortalece cuando lo
verbalizamos.
3. El amor
como ADMINISTRADOR de los aprecios
Aquí está el corazón de mi enseñanza de hoy: El
amor no niega lo negativo, pero decide qué
guardar y qué soltar.
A. El amor
elige creer lo mejor
1 Corintios 13:7 “El amor todo lo
cree, todo lo espera.”
No significa ingenuidad. Significa: elige interpretar al otro desde la gracia, no desde la
sospecha.
B. El amor
cubre lo que podría destruir
1 Pedro 4:8 “El amor cubrirá
multitud de pecados.”
Cubrir no es ocultar; es proteger el vínculo.
C. El amor
administra la memoria del corazón
Proverbios 10:12 “El odio despierta
rencillas, pero el amor cubrirá todas las faltas.”
El odio despierta, el amor cubre. El desprecio
despierta, el aprecio cubre.
·
Los aprecios
se forman cuando piensas, recuerdas, agradeces
y hablas lo bueno.
·
Los desprecios
se forman cuando rumias, archivas, repites y
declaras lo malo.
·
El amor es el administrador que
decide qué entra en el corazón y qué se desecha.
·
El amor no es ciego: es sabio.
·
El amor no niega la realidad: la redime.
“El desprecio convierte ventanas en muros. El aprecio convierte ventanas
en puertas.”
2 Samuel 6:14-23 Y David danzaba con toda su fuerza delante de Jehová; y estaba David
vestido con un efod de lino. 15 Así David y toda la casa
de Israel conducían el arca de Jehová con júbilo y sonido de trompeta.
16 Cuando el arca de Jehová llegó a la ciudad de David, aconteció que Mical
hija de Saúl miró desde una ventana, y vio al rey David que saltaba y danzaba
delante de Jehová; y le menospreció en su corazón.
La
historia comienza con un día de celebración nacional. David, ahora rey, trae el
arca del Señor a Jerusalén. El pueblo canta, los instrumentos suenan, y David
—el mismo pastor que un día tocaba para espantar espíritus— danza con toda su
fuerza delante de Dios. No danza para impresionar, ni para lucirse: danza
porque su corazón está lleno de gratitud.
Pero mientras él celebra abajo, Mical
lo observa desde una ventana.
Y aquí ocurre algo profundo, casi
invisible, pero devastador: Mical no mira
lo que David está haciendo; mira lo que ella piensa que significa.
En lugar de ver devoción, ve desorden. En lugar de ver alegría, ve
vergüenza. En lugar de ver un corazón sincero, ve un hombre ridículo.
La Biblia lo resume en una frase que
corta como un cuchillo:
“Y le despreció en su corazón.” (2 Samuel 6:16)
17 Metieron, pues, el arca de Jehová, y la pusieron en su lugar en medio de
una tienda que David le había levantado; y sacrificó David holocaustos y
ofrendas de paz delante de Jehová. 18 Y cuando David había
acabado de ofrecer los holocaustos y ofrendas de paz, bendijo al pueblo en el
nombre de Jehová de los ejércitos. 19 Y repartió a todo el
pueblo, y a toda la multitud de Israel, así a hombres como a mujeres, a cada
uno un pan, y un pedazo de carne y una torta de pasas. Y se fue todo el pueblo,
cada uno a su casa.
20 Volvió luego David para bendecir su casa; y saliendo Mical a recibir a
David, dijo: ¡Cuán honrado ha quedado hoy el rey
de Israel, descubriéndose hoy delante de las criadas de sus siervos, como se
descubre sin decoro un cualquiera!
Ese desprecio no nació ese día. Se había estado
formando en silencio, como una raíz amarga que crece sin hacer ruido.
Mical tenía
razones humanas para estar herida: — Su padre, Saúl, había usado su matrimonio
como herramienta política. — Había sido separada de David y luego devuelta por
la fuerza. — Había vivido entre traumas, pérdidas y resentimientos.
Pero en lugar
de administrar esos dolores, los dejó convertirse en desprecios. Y los desprecios, cuando no se administran, se
convierten en lentes deformados.
Cuando David
entra a casa, todavía con el corazón encendido por la presencia de Dios, Mical
lo recibe con sarcasmo:
— “¡Cuán honrado ha quedado hoy el rey de Israel…!” (2 Samuel 6:20)
21 Entonces David respondió a Mical: Fue delante de Jehová, quien me eligió en
preferencia a tu padre y a toda tu casa, para constituirme por príncipe sobre
el pueblo de Jehová, sobre Israel. Por tanto, danzaré delante de Jehová. 22 Y
aun me haré más vil que esta vez, y seré bajo a tus ojos; pero seré honrado
delante de las criadas de quienes has hablado. 23 Y Mical
hija de Saúl nunca tuvo hijos hasta el día de su muerte.
No es una conversación. Es un ataque. Es la
voz de alguien que ha pasado demasiado tiempo en la habitación del menosprecio.
David intenta
responder con sinceridad, pero la distancia ya está creada.
1. Los aprecios se forman cuando miramos con gratitud.
David estaba lleno de aprecio hacia Dios y hacia
lo que Él estaba haciendo.
2. Los desprecios se forman cuando interpretamos desde heridas no
administradas.
Mical no vio a David; vio su dolor proyectado
sobre él.
3. El amor es el administrador del corazón.
Si Mical hubiera administrado sus heridas, habría
podido ver a David con otros ojos.
4. El desprecio es letal para el matrimonio.
No destruye de golpe: destruye de a poco, desde
adentro.
5. El aprecio restaura la mirada.
Si Mical hubiera recordado quién era David para
ella —el hombre que arriesgó su vida por amor, el joven que la amó primero— su
corazón habría respondido distinto.
1 Corintios 13:7 Todo lo sufre, todo lo cree pisteúei, todo lo espera, todo lo soporta.
En griego, el verbo es pisteúei, de la misma raíz que pistis (fe, fidelidad, confianza). No habla de un
amor crédulo o manipulable, sino de un amor que se mantiene firme en la verdad que ha visto, incluso cuando
las circunstancias parecen contradecirla.
·
No significa “cree cualquier cosa”.
·
Significa “se mantiene fiel a lo verdadero
que ha discernido”.
·
Es un amor que no
renuncia a la verdad, aunque el entorno
se vuelva inestable.
Esto encaja con la distinción entre estímulo y verdad: el estímulo exige pruebas constantes; la verdad, una
vez reconocida, sostiene.
La notificación que no caducaba
Una joven vivía pendiente de su móvil. Cada día
necesitaba nuevas reacciones para sentirse viva. Si una publicación no
funcionaba, borraba, repetía, insistía. El estímulo era un pozo sin fondo que
siempre pedía más.
Una tarde, entre cientos de notificaciones
fugaces, apareció una que no tenía icono, ni nombre, ni enlace. Solo decía:
“Estoy aquí, aunque no publiques.”
Ella pensó que era un error. Pero al día
siguiente volvió a aparecer:
“No te sigo por lo que muestras, sino por lo que
eres.”
Intrigada, dejó de publicar por un día. Luego por
dos. Luego por una semana. Las demás notificaciones desaparecieron. El
algoritmo la olvidó. Pero aquella única presencia seguía ahí, silenciosa,
constante:
“No necesito pruebas para quedarme.”
Entonces comprendió.
El estímulo exige ser alimentado sin descanso. La
verdad, una vez reconocida, sostiene sin exigir nada.
Y por primera vez, la joven dejó el móvil… y
descansó.
“Una
moneda, una cuerdecita y una decisión”
Había una casa centenaria en Palma del Río. Una
de esas casas antiguas, con paredes gruesas, techos altos y un eco que parecía
guardar historias de generaciones. Allí, en aquel lugar humilde y cargado de
memoria, abrimos una pequeña iglesia. No había grandes luces ni equipos
modernos; había sillas desparejadas, un par de guitarras, una Biblia gastada… y
un grupo de jóvenes con más pasión que recursos.
Yo ya llevaba algún tiempo metido en el
ministerio. Cuarenta y seis años después lo veo con claridad, pero entonces era
un muchacho con fuego en el corazón y una novia en Valencia a la que amaba con
una mezcla de ternura y determinación. No había móviles, ni videollamadas, ni
mensajes instantáneos. Había cabinas telefónicas. Y yo, como tantos enamorados
de aquella época, tenía mi truco: una moneda y una cuerdecita.
Metía la moneda, tiraba de la cuerda en el
momento justo… y conseguía unos minutos más para escuchar su voz. Era torpe,
era rudimentario, pero era amor. Amor decidido. Amor que buscaba la manera.
Una tarde, en aquella casa centenaria, llegaron
unos jóvenes a compartir una enseñanza. No venían con grandes títulos ni con
discursos elaborados. Venían con una frase que me atravesó como un rayo:
“El amor no es un sentimiento. El amor es una
decisión.”
Yo me quedé quieto. No sé si fue el polvo en el
aire, la luz entrando por las ventanas viejas o simplemente el Espíritu de
Dios… pero esa frase se me clavó en el alma.
Porque yo sabía lo que era sentir. Sentía la
distancia con mi novia. Sentía el cansancio del ministerio. Sentía la
incertidumbre del futuro. Sentía la presión de servir, estudiar, viajar,
predicar… y a la vez mantener viva una relación a cientos de kilómetros.
Pero cuando escuché esa frase, entendí algo que
me acompañaría toda la vida:
El amor no se sostiene por lo que uno siente,
sino por lo que uno decide.
Yo había decidido amar a aquella joven en
Valencia. Decidido a llamarla, aunque fuera con una moneda y una cuerdecita.
Decidido no soltarla por nada. Decidido construir un futuro, aunque el presente
fuera difícil.
Y ese día, en aquella casa antigua, entendí que
eso también era amor bíblico. El amor que “todo lo cree, todo lo espera”.
El amor que administra los aprecios. El amor que no se rinde cuando el
sentimiento baja, sino que se mantiene firme porque ha hecho un pacto.
Mientras aquellos jóvenes hablaban, yo recordé
cada detalle de mi novia: su risa, su manera de escuchar, su fe sencilla, su
forma de animarme cuando yo dudaba. Esos eran mis aprecios, y yo los
guardaba como tesoros.
Y entendí que si quería un matrimonio sólido
algún día, tendría que seguir administrando esos aprecios… y no dejar que los
desprecios —la distancia, el cansancio, los malentendidos— ocuparan el lugar
que no les correspondía.
Ese día salí de la reunión distinto. No con más
emoción, sino con más convicción. No con más mariposas, sino con más propósito.
Porque el amor, cuando es verdadero, no
depende del viento. Depende de la decisión.
Y esa decisión —lo sé ahora con más claridad que
nunca— es la que sostiene un matrimonio, un ministerio y una vida entera.
Etiquetas: AMOR, APRECIO, DECISIÓN, DESPRECIO, INGENUIDAD, REALIDAD., RECONOCIMIENTO, SENTIMIENTO

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